—Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana.
El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez, pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía.
—Pues es verdad que se oye—dijo Quintanar.
Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió:
—¿Vamos a cenar?—¡A cenar!—gritó Ana. Y soltando el brazo de don Víctor corrió, levantando un poco la falda de la matinée que vestía, hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando voces:
—Espera, espera... loca, que puedes tropezar.
Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho hacia la luna, con una flor entre los dedos.
—Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?...
—¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...».
Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a sí mismo en voz alta: