Porque es la patria al que dichoso fuere
donde se nace no, donde se quiere.
¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible!
No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy vetustense que era aquel aragonés.
Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber en este punto.
Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía como condición indispensable para la salud de Ana?
Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco.
—El médico—decía el ex-regente—exige que la aldea a donde vayamos ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir.
—Veamos—dijo de Marqués.—Ha de estar cerca de Vetusta para que Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de vacas... ¡qué sé yo!
Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de Paco y dijo:
—¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas revelaciones!».