Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja:
—Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que una... que está a nuestra disposición....
Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su hijo:
—¡El Vivero!—¡Bravo, bravo, eureka!—repetía el Marqués—. Paco tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero.
Y la Marquesa:—¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes de irnos a baños....
Don Víctor protestó.—¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes?
—Nosotros no vamos este año.—O iremos mucho más tarde.—Y cuando vayamos cabremos todos.—Allí hemos dormido, cada cual con entera independencia, más de veinte personas—advirtió Álvaro.
—Es claro; aquello es un convento.—No se hable más, no se hable más.
—¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza?
A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada, los Marqueses no admitieron objeciones.