Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.

Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa, luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás, sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo:

—Los señores están en San Pedro.

—Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y....

La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un refresco delicioso que improvisó con arte.

—Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían allí los señores.

Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra. ¿Y salud? Como un roble.

—¿El señorito Paco vino?—preguntó de repente De Pas.

—Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la fiesta....

En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de cohetes cargados de dinamita.