—Ya están al alzar—dijo la doncella.
Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que preguntó:
—¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad?
—Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no tengo nada que hacer allá dentro....
—Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo mismo le daba picante atractivo.
—¡Qué calor, don Fermín!—decía la rubia, enjugando el sudor de la frente con pañuelo de batista barata.
—Mucho, rubita, mucho—respondía el Magistral, desabrochándose el maldito balandrán y soplando con fuerza.
—Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....
—¿Quién te lo ha dicho a ti?
—¡Bah! Teresina...—¿Sois amigas, eh?—Mucho. Silencio. Los dos meditan. El canónigo reanuda el diálogo.