—Hay que llevarles paraguas...—Y el caso es que la Marquesa está sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer....

—Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y mandar....

Y se deliberó largamente qué se haría.

—Hay que salvar a los náufragos—dijo el Barón a guisa de chiste.

El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo:

—Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy... ¡al monte! ¡al monte!

Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.

—¡Bravo, bravo!—gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo ajeno.

Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa y puso pálidos a los más valientes.

—¡Vamos, vamos, pronto!—gritó el Magistral, cuya palidez no la causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte, a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición de clérigo.