—Pero... don Fermín—se atrevió a decir Quintanar—por lo mismo que soy cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos menos mal! ¡pero el laurel!...

—¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve usted que con ellos está doña Ana....

—Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana....

—¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!—rugió el Provisor.

Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los anteriores.

—Señores—dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba—. No se apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo.

—¿Cómo a techo?...—Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más espeso del monte....

El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y dejó caer el otro a los pies de don Víctor.

El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados.

Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la conducta del Magistral.