—Tenía razón don Víctor—advirtió el barón—¿por qué no habían de haber ido los criados?
—Además—dijo el gobernador—eso parece una lección a todos nosotros, especialmente a usted que tiene por allá a su hija....
El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que había metido cien rayos en la casa.
El miedo ya era general.—Ea, ea, señores—dijo el Arcipreste desde la alcoba—a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... In nomine Patris...
—XXVIII—
—¿Adónde van ustedes?—gritaba la Marquesa desde el Belvedere al Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia, corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.
—¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.
La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera.
—Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos un plan!... ¿a dónde me lleva usted?