Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento.

De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente, que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.

—¡Esto es un telar!—gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos, blasfemando, contra su costumbre.

—También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.

Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.

No osó blasfemar otra vez.—¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en nombre de la humanidad!

De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría:

—Parece mentira que sea usted cazador.

—Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. Nisi utile est id quod facimus, stulta est gloria ha dicho Baglivio. ¿A dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe?

—A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida....