—Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo demás, lo que no hay.—¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo? ¿Ha amenazado con decir?...
—Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo....
—Absurdo...—Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva, más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana!
Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó:
—¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!
—Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución; ¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si sospecha... si... ¡triste de mí!
—Calma, hombre, calma.—¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos?
—Es muy sencillo.—¡Sencillo!—Sí, hay que echar a Petra de esta casa.
Don Víctor saltó en su silla.
—Eso es cortar el nudo...—Pues no hay más solución. Echarla.