Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente. Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más tranquilo.
—¿Usted se queda a preparar el terreno, eh?
—Sí, hombre, a arreglarlo todo.
En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger el servicio del café y calló fingiendo leer El Lábaro. Salió la doncella y Ana dijo:
—¿Qué hay, Álvaro?...
—Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.
—No te entiendo...—Petra marcha de esta casa. Adiós espías.
—¡Petra! ¿qué marcha Petra?
—Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te trata mal....
—¡Dios mío! ¿ha notado él?...