Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el sombrero que era de teja.

—¡Mi señor don Víctor!—dijo una voz melosa y temblona.

—¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras añadía, procurando una voz serena:

—¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna desgracia?...

«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un desenterrado.

Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y enérgico al par, a subir aquella escalera.

—Pero ¿qué pasa?—repitió don Víctor en voz baja en el primer descanso.

—¿Viene usted de caza?—contestó el otro con voz débil.

—Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a estas horas....

—Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....