Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía el Magistral.
—«No pregunta por Ana»—pensó De Pas.
—La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor que la avise?—preguntó Anselmo.
—¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a solas...—y se volvió el amo de la casa al decir esto.
—Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho....
Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle aquel hombre? ¿A qué venía?...».
Anselmo encendió dos luces de esperma y salió.
—Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted que estemos solos?
El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la puerta por donde salía Anselmo.
«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas.