En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
—¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no iba ciego, no iba a dar escándalo.
«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella».
Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la venganza necesaria... y no sabía cómo empezar.
Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral aún no sabía lo que iba a decir.
Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín habló...
—Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable acceso....
—Al grano, señor Magistral.—La hora de mi visita, el hacer yo pocas a esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá...
—Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por los clavos de Cristo!
—De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de sus espinas y de la cruz....