La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena.
Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero, adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado. Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el dulce sueño de los niños.
Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había pensado.
Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo. Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo.
—¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?...
Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo mismo dijo:
—La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen ellos.
—¿La qué, señor?
—Nada... ¡que se muere de fijo!
Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a solas.