Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el médico.
—¿Y trasladarle a Vetusta?...—decía el militar.
—¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo.
Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le otorgó la bala de don Álvaro.
Murió Quintanar a las once de la mañana.
El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!
Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul, respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que parecen chispas del sol!
Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el pie en la calle.