—Un ladrón consentido por mí años y años, si hemos de creer lo que dice Pepe de Pepa José, el denunciante quejoso.... Por lo visto, Lobato y yo estamos de acuerdo para arruinaros a vosotros, para acabar con los bienes de Cabruñana.
—Nadie dice eso, tío; nadie dice....
—Lo que yo digo, señor Reyes—y el señor don Juan Nepomuceno dio un puñetazo, no muy fuerte, sobre la mesa—, es que tú no eres un hombre práctico, y que te sienta mal el papel que quieres inaugurar al estrenarte de padre de familia.
Una carcajada de Marta, seca, estridente, que quería ser una serie de bofetadas, resonó en el comedor, con pasmo de sus mismos aliados. Todos se miraron sorprendidos. Marta, con el rostro de culebra que se infla, repitió la carcajada, mirando con cinismo a Bonis.
El cual miró también a su buena amiga sin comprender palabra de aquella risa inoportuna.
Y prosiguió don Nepo:
—Un hombre práctico, de experiencia en los negocios, no exagera el celo ni el recelo, ni cree en habladurías. Bueno sería que yo, v. gr., fuera a creer lo que me decía un anónimo que recibí hace días, asegurándome que tú habías cobrado dos mil duros de una restitución hecha bajo secreto de confesión a la herencia de tu suegro.
—¡Todo lo que yo cobrase sería mío!—exclamó con voz clara, alta, positivamente enérgica, el amo de la casa, poniéndose en pie, pero sin dar puñadas sobre la mesa.
En pie se pusieron todos.
—¡Tuyo no es nada!—contestó el primo Sebastián, que adelantó un paso hacia Bonis, ofreciendo a la consideración de los presentes su fornida musculatura, su corpachón que parecía una fortaleza. Marta, sin pensar en lo que hacía, le apoyó una mano sobre el hombro, como animándole al combate. Se conoce que confiaba más en la pujanza del primo que en la del tío, su futuro.