Bonis se veía metido en la escena que había querido aplazar, antes de tiempo, fuera de razón, torpemente.
—Señores, no hagamos ruido, que no hay para qué. Lo que yo no consiento a nadie, y juro a Dios que no lo consentiré, es que se alborote ahora. Lo primero es mi mujer, y si ella se entera de esto... puede haber una desgracia... ¡y pobre del que la provocara!
Todos se sintieron sobrecogidos. Bonis parecía otro.
El mismo Sebastián, que era positivamente bravo y fuerte, y muy capaz de arrojar por el balcón al escribiente de su tío, se achicó un tanto por lo que él calificó de fuerza moral de aquellas palabras, y de aquel gesto y de aquel tono.
Todos comprendieron que el pobre Bonis estaba dispuesto a morder y arañar para impedir que la salud de Emma peligrase.
—Sin ruido, sin ruido se puede discutir todo—dijo don Nepo, que quería hacer hablar al imbécil para ver por dónde desembuchaba y qué leyes le había metido en la cabeza el abogadillo flamante.
—Sin ruido y sin apasionamiento—se atrevió a apuntar el respetable y mofletudo Körner, que se creía en el caso de intervenir en sentido conciliador.
—Es verdad—dijo Bonis—. La pasión no conduce a nada nunca, nunca....
—Justamente—prosiguió el alemán—. Y fácil les será a ustedes ver que aquí, en rigor, no hay nada.... Ni Bonifacio desconfía del tío, ni el tío de Bonifacio, ni nadie pone en tela de juicio su legítimo derecho.
—Cada cual tiene los suyos—objetó Nepo.