Sonrió el clérigo y dijo:
—Paciencia, señor mío, paciencia. El principio viene después. Todo esto lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin escrúpulos de conciencia.... Sí, usted, el marido, es la persona legal y moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad....
—¡Una cantidad!
—Sí, señor, siete mil reales.
Y el cura metió una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta levita de alpaca, y sacó de aquella cueva que olía a tabaco, entre migas de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que debía de contener onzas de oro.
Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que hacía, alargó la mano hacia el cucurucho.
El cura se sonrió y entregó el paquete sin extrañar aquel movimiento involuntario del marido de la doña Emma, que recibía onzas de oro sin saber por qué se le daban.
Mas Bonifacio volvió en sí y exclamó:
—Pero ¿a santo de qué me trae usted... esto?...
—Son siete mil reales....