—¿Pero de qué? Yo no soy... quien....
Iba a decir que el que allí corría con las cuentas de todo era D. Juan Nepomuceno; pero se contuvo, porque solía darle vergüenza que los extraños conocieran esta abdicación de sus derechos.
—¿Esto será alguna deuda antigua?—dijo por fin.
—No señor... y sí señor. Me explicaré...
—Sí, hombre, acabemos.
—Estos siete mil reales... proceden... de una restitución... sí, señor; una restitución hecha en el secreto de la confesión... in articulo mortis... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos, a la única y universal heredera de D. Diego Valcárcel, esa persona ¿me comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia de esa cantidad... que debía... y que no debía... es decir... yo... no puedo tampoco hablar más claro... porque... la confesión, ya ve usted, es una cosa muy delicada....
—Sí que es—exclamó Bonifacio, que se había puesto muy pálido y estaba pensando en lo que el cura de la montaña ni remotamente podía sospechar.
—Sin embargo, yo... no debo... así, en absoluto... omitir las circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a mí mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, sí, señores, de ustedes es... ya lo creo.... Verá usted; es el caso que... aquí hay que omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de....
—Del difunto.
—¿De qué difunto?