—Del que restituye....

—No señor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la lengua, eso no está bien.

—No, si yo no tiro... ¡Dios me libre! Ello será que la casa Valcárcel prestó este dinero sin garantías... y ahora....

El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio había dicho casa.

—No, señor; no fue préstamo, fue donación inter vivos.

—¿Y entonces?

—Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no era favorable a la memoria del difunto.... X, llamémosle X, que en paz descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es favorable, porque en rigor... él es inocente, en este caso concreto a lo menos; y además, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y él quería pagar... sólo que no había roto... ¿Me explico?

—No, señor; pero no importa. No se moleste usted.

Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doña Emma Valcárcel.

—¿Usted conoció... trató al difunto.... Don Diego?