—Sr. García, vengo a pagar a usted aquel piquillo....
—¿Qué piquillo?
—Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad....
—¿Qué amabilidad?, quiero decir, ¿qué seis mil reales?... Usted no me debe nada.
—¡Qué bromista es usted!—dijo Bonis, que más estaba para recibir los Santos Sacramentos que para chistes.
Y se dejó caer en una silla y empezó a contar onzas sobre una mesa.
Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba él, o debía quemárselos. La verdad era que la operación material de contar el dinero la hizo con bastante tranquilidad, muy atento sólo a no equivocarse, como solía; porque el reducir aquello a miles de reales, le parecía cálculo superior a sus fuerzas ordinarias.
D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de amateur. Era indudable que el espectáculo del oro le quitaba siempre la gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre era cosa muy seria.
—Aquí están los seis mil; cámbieme usted esta....
—Pero...—a D. Benito se le atragantó algo muy serio también—; pero.... ¿qué está usted haciendo ahí, criatura?... ¿No le digo... a usted que.... ya no me debe nada?