Un ruido de faldas almidonadas que vino de la escena llamó la atención de Emma, sacándola de aquel deliquio de amor propio satisfecho.

Por la puerta del foro entraba una elegantísima señora a paso ligero, barriendo las tablas con una cola muy larga y despidiendo chispas de todo su cuerpo, vestido de brocado de comedia y cubierto de joyas falsas, diadema inclusive.

—¿Quién es esa?—preguntó la mujer de Reyes.

Bonifacio, viendo que Nepomuceno no se daba por interrogado, dijo, no sin tragar antes saliva:

—Es la Reina, que viene desaladamente al saber que el Infante....

—No; si no pregunto eso—interrumpió su mujer, volviéndose a mirar a Bonis, que estaba detrás de ella en la penumbra—. Digo si es esa la tiple.

—Creo... que sí. Sí, justo, la protagonista....

—La de las botas. ¿Las traerá puestas?

Bonis calló.

—Di, hombre, ¿crees tú que las traerá puestas?