—¡Oh, qué hombres estos! No recordáis... ¡Ma... la Parini... la Parini!...
—¡Oh, sí! ¡La trágica, la gran trágica de Firenze! ¡Exacto, exacto; un espejo!
Así exclamó Mochi, que se guardó de decir que no encontraba la semejanza.
Minghetti, que jamás había visto a la Parini, gritó:
—¡Oh, sí, en efecto! La expresión... el gesto... la viveza de la mirada... y el fuego....
Y añadió, sonriendo a la Gorgheggi, como diciéndoselo en secreto:
—Mas... las facciones son aquí más perfectas....
—¡Ah, sí; eso sí! Más perfectas...—dijo la tiple, que continuó explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival entre las trágicas de su tiempo. Aunque Emma no podía dar a la semejanza que se le encontraba todo el valor que le atribuía la envidia de Marta, sintió el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pensó enseguida:
«Parece mentira que en este poblachón de mi naturaleza se pueda gozar tanto como yo gozo en este momento, mirándome en los ojos de este hombre y oyendo estas cosas que me dicen».
Interrumpida a poco la conversación para cantar Serafina de nuevo, ahora un terceto con Mochi y Minghetti, después de la ovación que siguió al canto, volvió la sabrosa plática, más animada cada vez, aunque en ella se mezclaron ya algunos señoritos del pueblo de los más audaces y despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las colgaduras de un balcón, sonriéndose, como acariciándose con ojos y sonrisas; las vio de lejos Bonis, pasó cerca de ellas, y ni una ni otra notaron su presencia; volvió a alejarse y a contemplar su obra desde un rincón.