¡Juntas! ¡Estaban juntas! ¡Se hablaban, se sonreían, parecían entenderse!... Se le antojaban un símbolo, el símbolo del pacto absurdo entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasión seductora... ¡Qué barbaridades pienso esta noche!—se decía Bonis—; y se puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y parecían de acuerdo, y se sonreían, y se entusiasmaban con su diálogo, se estaban diciendo, ¡qué atrocidad!, cosas por el estilo:

—«Sí, señora, sí—decía Emma en la hipótesis absurda de su marido—; puede usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya enamorado de él, y él de usted. Eso no está mal: en Turquía las gastan así, y pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestión de costumbres, como dice la de Körner: todo es convencional».

—«Pues sí, señora; le quiero, ¿para qué negarlo?, y él a mí. Pero a usted también se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted tiene. Se la estima y se la respeta. Ya verá usted qué buenas amigas hacemos. ¿Por qué no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir para el arte, y despreciando las pequeñeces de la vida de pueblo y de la moral corriente. ¡Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a mí, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la triste vida finita, no debe ser más que amor, amor con música; todo lo demás es perder el tiempo...».

«Aquel diálogo hipotético—se quedó pensando Bonis—, era un disparate, sí... y con todo... con todo... ¿Por qué no había de ser así? Él había leído que los antiguos patriarcas tenían varias mujeres, Abraham, sin ir más lejos...». La idea de Abraham le trajo la de Sara la estéril... su mujer... «¡Isaac!», le dijo una voz como un estallido en el cerebro.... Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era inverosímil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... ¡Isaac! ¿Quién sabía? ¿Por qué le decía el corazón... acuérdate de Sara, ten esperanza? Dos veces en aquella noche, que él debería consagrar a emociones tan diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo.... Tenía fiebre no sabía dónde; tal vez estaba volviéndose loco; primero se comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto dislate, una esperanza íntima, supersticiosa, se apoderaba de él, le dominaba.

Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cómica, a las cuales se habían agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sintió Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se apoderaba de su espíritu, y hasta pudiera decirse de sus entrañas, se le alarmó en el pecho, en la conciencia; le entró vivísimo deseo de apartar a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acercó al grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegría de todos, con el ambiente de vaga concupiscencia que envolvía al grupo, dijo Bonis con una energía en el acento que sorprendió a Emma, la única que se hizo cargo de ello por la novedad de la voz:

—Señores... y señoras... basta de charla; el público se impacienta, y lo mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la segunda parte del programa.... Vale más la música que toda esa algarabía....

Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo, su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes.

Minghetti, inclinándose cómicamente, exclamó:

—Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario forse....

Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo aprovechar, miró fijamente a su querido, abrió mucho los ojos con expresión de burla cariñosa, que acabó con una mirada de fuego.