»Pero, ¿y la ruina? Cuando ese la anuncia, segura será... ¡Seremos pobres! Por mí... casi me alegro...; pero es horrible... porque es por culpa mía».
Cesó de repente el ruido del baile, que sonaba sordo y continuo sobre su cabeza; después se oyeron muchos pasos precipitados en una misma dirección..., hacia el gabinete de Emma.
—¿Qué pasa?—se dijo asustado Bonis. Pensó de repente, como antaño—: Emma se ha puesto mala, y me va a echar la culpa. Se dirigió hacia la escalera, cuya puerta abrieron con estrépito desde dentro; bajando de dos en dos los peldaños, venían dos bultos: el primo Sebastián y Minghetti, que atropellaron a Bonis.
—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó, recogiendo del suelo el sombrero, el que debía ser amo de la casa.
—¡Arriba, hombre, arriba! ¡Siempre en Babia! Emma así..., y tú fuera....
Esta frase del primo Sebastián le supo a Bonis a todo un tratado de arqueología; era del repertorio de las antigüedades clásicas de su servidumbre doméstica.
—Pero... ¿qué hay? ¿Qué tiene Emma?
—Está mala..., un síncope..., jaqueca fuerte...—dijo Minghetti—. Vamos corriendo a buscar a D. Basilio; le llama a gritos.
—Sube, hombre; corre; te llama a ti también; nunca la vi así... Esto es grave.... Sube, sube....
Y se lanzaron a la calle los dos emisarios, rivalizando en premura y celo.