—Usted, al Casino; yo, a su casa—dijo Sebastián—; y cada cual echó a correr: uno, calle arriba; otro, calle abajo.
Bonis entró temblando, como en otro tiempo. «¿Qué sería? ¿Volverían los días horrorosos de la fiera enferma? ¡Comparados con ellos los presentes, de relajamiento moral, le parecían ahora flores! Y en adelante, ¿qué armas tendría para la lucha? Ya no creía en la pasión, aunque tanto le estaban doliendo aquella noche sus últimas raíces; ya no creía apenas en el ideal, en el arte...; todo era un engaño, tentación del pecado.... Sí: volvía su esclavitud, su afrenta, aquella vida de perro atado al pie de la cama de una loca; él ya no tendría fuerza para resistir; con un ideal, con una pasión, lo sufría todo; sin eso... nada. Se moriría.... La enfermedad otra vez... y ahora, con la pobreza, acaso, de seguro... ¡Qué horror!... ¡Oh! No; escaparía».
Entró, pasillo adelante; todo era confusión en la casa. Las de Ferraz y una de las de Silva corrían de un lado a otro, daban órdenes contradictorias a los criados; en el gabinete de Emma, Marta y Körner junto al lecho, parecían estatuas de mausoleo.
—¡Duerme!—dijo con solemnidad el padre.
—¡Silencio!—exclamó la hija, con un dedo sobre los labios.
—Pero, ¿qué ha sido?
—¡Pchs! Silencio.
—Pero (más bajo y acercándose); pero... yo quiero saber... ¿y el tío? ¿Dónde está el tío?
—Se está mudando—contestó Marta en voz baja, de esas que son silbidos, más molestos que los gritos.
Reyes notó el olor de un antiespasmódico; olor de tormenta para los recuerdos de sus sentidos. También había cierto hedor nauseabundo.