Acudieron las de Ferraz, y luego Eufemia con agua, arena, toalla y cuanto fue del caso. A Bonis se le hizo comprender que apestaba, y corrió a mudarse.

Cuando volvió al cuarto de su mujer, vio en la sala al tío, a Körner, a Marta, a las de Ferraz, a la de Silva, a Minghetti y a Sebastián.

—¿Está mejor, está sola?

Sebastián respondió casi de limosna:

—No: está con ella D. Basilio.

Antes de decidirse a entrar en el gabinete, Bonis consultó con la mirada al concurso. Vio algo extraño en ellos: parecían menos alarmados y como llenos de curiosidad maliciosa. Había allí sorpresa, incertidumbre, no susto ni temor a un peligro.

—¿Pasa algo? ¿Qué pasa?—preguntó anhelante, con la cara de lástima que ponía cuando acudía en vano a implorar sentimientos tiernos, de caridad, en sus semejantes.

—Hombre, usted puede entrar—dijo Körner—; al fin es el marido.

Bonis entró. D. Basilio, correcto en el vestir, como siempre, de color de manteca el gabán entallado; sonriente; de expresión espiritual boca y mirada, dejaba pasar una tormenta de espanto y rebeldía contra los designios de la naturaleza a que se entregaba Emma, que se apretaba la cabeza desgreñada con las manos crispadas, y llamaba a Dios de tú y con un tono que parecía de injuria.

—¡Dios mío! ¿Qué es esto?—preguntó Bonis espantado, con las manos en cruz, frente al médico.