—Pues, nada; que su mujer de usted... está nerviosísima, y ha tomado a mal una noticia que yo creí que la llenaría de satisfacción y legítimo orgullo....

—¡Calle usted, Aguado! ¡No se burle de mí! ¡No estoy para bromas! ¡Dios mío! ¡Qué va a ser de mí! ¡Qué atrocidad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué va a ser de mí!... ¡Dios de Dios! Y a estas horas... yo me voy a morir... de fijo... de fijo... me lo da el corazón. ¡Yo no paro, no paro, no paro!...

—¿Delira?—gritó Bonis con horror.

—¿Por qué?

—Como dice... que no para... no para....

—No; no dice eso—y D. Basilio se interrumpió para reír con toda sinceridad—. Lo que dice es que no pare, no pare.... Pero ya verá usted cómo en su día, aún lejano, damos a luz un robusto infante.

—¡Alma mía!—exclamó Reyes comprendiendo de repente, más que por las señas que tenía delante, por una voz de la conciencia que le gritó en el cerebro: «Se fue ella, y viene él; no quería venir hasta hallar solo tu corazón para ocuparlo entero. Se fue la pasión y viene el hijo».

Se lanzó a estrechar en sus brazos la cabeza de su esposa; pero esta le recibió con los puños, que, rechazándole con fuerza, le hicieron perder el equilibrio y casi caer sobre don Basilio.

—¡Nerviosa, nerviosísima!—dijo el médico, disimulando el dolor de un callo que le había pisado aquel calzonazos.

Empezaron las explicaciones.