Emma, con verdadero pánico, se agarraba, como un náufrago a una tabla, a la esperanza de que aquello era imposible.
Aguado, con estadísticas que no necesitaba ir a buscar fuera de su clientela, demostraba que imposibles de aquella clase le habían hecho pasar a él muchas noches en claro. Y sin ir más lejos, citaba a la de Fulano y a la de Mengano, que se habían descolgado con una criatura después de años y años de esterilidad, en rigor aparente. «¡Oh, los misterios de la naturaleza!».
«Pero, ¿no la habían asegurado a ella, tantos años hacía, cuando el mal parto, cuando quedó medio muerta, con las entrañas hechas una lástima, que ya no pariría nunca, que aquello se había acabado, que no sé qué de la matriz?».
—Sí habrán dicho, señora; pero in illo tempore yo no tenía el honor de contar a usted en el número de mis clientes. Hay quien es un gran comadrón y un grandísimo ignorante en obstetricia y tocología, y toda clase de logías... divinas y humanas.
Mientras Emma proseguía en sus lamentos, gritos y protestas, jurando y perjurando que estaba dispuesta a no parir, que aquello era una sentencia de muerte disfrazada, que a buena hora mangas verdes, y cosas por el estilo, Aguado se volvió a Bonis para explicarle lo que había pasado allí.
En cuanto se había acercado a la enferma había visto síntomas extraños que nada tenían que ver con sus habituales crisis nerviosas; se había enterado de pormenores íntimos, aunque con gran dificultad por el horror que tenía Emma a todos los cálculos, previsiones y recuerdos aritméticos, no sólo a las cuentas del tío; y entre estas noticias y lo que tenía presente, y ciertas inspecciones y contactos, había sacado en consecuencia que aquella señora, como tantas otras, al cabo de los años mil volvía por los fueros de la maternidad, abandonados mucho tiempo. Habló mucho de matrices y de placentas, pero mucho más de la misteriosa marcha de la Naturaleza a través, y permítaseme el galicismo—dijo Aguado, que era purista en lo que se le alcanzaba—, a través de los fenómenos fisiológicos de todos órdenes. Indudablemente, y no lo decía por alabarse, él no había esperado menos del régimen homeopático e higiénico a que había sometido a su cliente: sin aquellos glóbulos, y más particularmente sin la influencia físico-moral de los buenos alimentos, de los paseos y, sobre todo, de las distracciones, aquel organismo hubiera continuado viviendo una vida valetudinaria, sin esperanza, ni remota, de tener fuerzas sobrantes suficientes para sacar de ellas una nueva vida, un alter ego. No cabía duda que Aguado insistía en querer deslumbrar a Bonis, pues no solía el médico de las damas ser tan pedantescamente redicho.
De todas suertes, Reyes tenía que contenerse para no abrazar al doctor; creía disparatadamente que el estar su mujer embarazada o no dependía de aquella discusión entre el médico y Emma; si Emma quedaba encima en la disputa, ¡adiós hijo!; si el médico decía la última palabra, parto seguro.
Como no había por qué ocultar la cosa, no se ocultó; los de la sala supieron enseguida el pronóstico, nada reservado, de D. Basilio. Hubo gritos de alegría, de sorpresa sobre todo, algunos de malicia; bromas, jarana y pretexto para seguir divirtiéndose y alborotando: Emma continuaba protestando; se sentía mejor, era verdad, después de haber desahogado por completo, pero el susto, al cambiar de especie, había empeorado; no estaba enferma, como había temido, pero estaba en estado interesante, y esto era horroroso. Y como no le hacían caso, y se reían de ella y hasta la dejaban sola, para correr por la casa y refrescar y tocar el piano y cantar, toda vez que ella misma confesaba que no le dolía nada, se tiraba la dama encinta de los pelos, insultaba medio en broma, medio en veras, a sus amigas y amigos llamándolos verdugos, y proponiéndoles que pariesen por ella y que verían.
Seguía negando su estado, como si fuese asunto de honor, como pudiera negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por convicción, sino por engañarse a sí misma. Por lo demás, bien comprendía ahora, después de oír a D. Basilio y de contestar a sus sabias preguntas, que había estado ciega, que ella misma debía haber comprendido mucho tiempo hacía de qué se trataba al notar cosas extrañas en su vida íntima.
Bonis, que había procurado quedarse con su mujer mientras los demás, despedido D. Basilio, corrían al comedor, donde les aguardaba el refresco, tuvo que dejarla sola porque le echó de su presencia a cajas destempladas. Desapareció Reyes, y los convidados quedaron por dueños de la casa, pues D. Juan Nepomuceno había salido también cuando el médico.