Cada vez más alejados del Calvario, cuyo recuerdo inflamaba el heroísmo y suscitaba las meditaciones más dolorosas de la mística, los devotos sentían disminuir con su exaltación su intolerancia. Los jesuitas surgieron en ese momento; y la influencia moderna, sufrida sin advertirla, está demostrada por su posibilismo, que los acerca en política al concepto científico de la adaptación, y su psicología práctica—diríase mejor experimental—que les da un punto de contacto con el racionalismo. En ellos concluyó la devoción sentimental; la tristeza dejó de ser el estado preciso para entrar en las vías de perfección. La «iluminativa» y la «unitiva», que llevan á la santidad por la contemplación y el éxtasis, fueron cerrándose cada vez más; y la misma «purgativa», es decir penitenciaria exclusivamente, necesitó que toda la habilidad de los casuistas la allanara y redujera con mil arbitrios de transacción. Las reservas mentales constituyeron los resortes de aquella «teología moral», abriendo en el catálogo de los pecados ancha margen á la explicación acomodaticia. El jesuíta Sánchez descolló entre esos, hasta volverse dechado, y sus célebres «disputas» sobre el matrimonio, constituyen el más ingenioso dispensario de alcoba que se pueda concebir, si no son sencillamente un caso de erotomanía, en el que influyó tal vez su virginidad, que Renaud y Sotuel atestiguan con elogio.

Jamás le condenaron, sin embargo, antes le alabaron por eso; y entre sus panegiristas, que fuera de los citados los tuvo tan buenos como Rivadeneyra y el mismo Clemente VIII, hubo alguno (Cambrecio) que llegó á calificar de feliz milagro su entrada en la Compañía: prueba de que su doctrina interpretó admirablemente la moral de la comunidad.

Aquel predominio de la razón y del examen sobre el sentimiento, se manifestó en todos los órdenes de la vida jesuítica; y, circunstancia que lo hace aún más notable: mientras las demás órdenes abundan en poetas, en ésta hay, sobre todo, hombres de ciencia.[41] El arte le interesa poco, á no ser como un atractivo sensual. De aquí la cargazón decorativa tan peculiar al templo jesuítico. Dorados y colores charros, retablos churriguerescos, esplendor chillón en que lo llamativo predomina sobre lo estético, son, por decirlo así, los marbetes de la mercancía mística, resaltando su carácter comercial en razón directa de su exceso. Aquello nada tiene que ver con el arte, siendo su objeto el pregón, y estando destinado, entonces, á hacerse notar sobremanera.

Mientras el éxtasis y el fervor dieron auge al sentimiento en las manifestaciones religiosas, el arte, que es siempre una expresión de amor, se manifestó en actos de fe. La obra artística vino á ser una plegaria á la divinidad, ora directamente en la poesía mística, ora bajo formas simbólicas en las demás artes, resultando de esto su carácter desinteresado y por lo tanto anónimo casi siempre.

El soplo racionalista agostó aquellos vergeles de la oración, y el abuso retórico que ya hice notar en la poesía profana del pueblo español, se advierte igualmente en su arte místico. Casi era innecesario anotarlo, pues se trata, al fin, de la misma cosa, tanto más si se considera que en aquellos tiempos, el arte se hallaba menos distante de la religión; pero esto viene para que se vea mejor la razón de su decadencia en poder de los jesuitas.

Nada más distante de mi espíritu que un reproche por esta causa, pues ellos no hacían otra cosa que adaptarse para vivir, perdiendo y ganando en el suceso todo cuanto éste traía aparejado de pro y de contra.

La reacción mística que los suprimió, ejecutada por Clemente XIV, franciscano, es decir miembro de una orden, que, al ser la más fervorosa y artista, resultaba naturalmente rival,[42] demostró con su fracaso cuál poseía mejores condiciones de vitalidad, es decir de adaptación al medio ya hostil en que ambas se desarrollaban; prueba concluyente, á mi ver, en favor de la Compañía.

El jacobinismo ha odiado á los jesuítas, porque ha visto en ellos á los más vigorosos paladines del ideal católico, sin comprender la razón de su fuerza; pero el espíritu imparcial, para quien lo único interesante es el progreso de las ideas, en el fondo y no en la forma, no puede menos de considerarlos como los representantes de ese adelanto en el seno de la Iglesia. Ello es naturalmente relativo, y está lejos de merecer elogio para los causantes, pues nadie ignora que se efectúa á su pesar; mas esto mismo demuestra con mayor evidencia la superioridad de las ideas modernas, á las cuales debieron tomar lo que tienen de más fecundo y humano sus adversarios mismos para poder subsistir.

Resulta así el jesuíta un tipo moderno, más lógico en nuestro estado que el monje de tradición medioeval; un hombre de acción sobre todo, para quien parece haberse hecho aquello de rogar y dar con el mazo.