Intransigente en el dogma, por la razón de perennidad antes enunciada, pero flexible en la conducta; adaptable, porque es utilitario y sólo le interesa la consecución de su propósito; hábil, antes que inspirado, y observador, antes que fervoroso; ahorrando cuanto puede de contemplación divina, para aplicarse de preferencia á la acción en la lucha humana; abandonando la tristeza, tan característica de la Edad Media, para entregarse á la ciencia que crea el bienestar, reaccionando sobre el odio al rico, que es la base del cristianismo puro, porque la filosofía, predominante en él sobre la mística, le ha enseñado que es mucho más humano y eficaz acoger á todos sin distinciones en la misma esperanza de salvación, y porque, siendo la riqueza el ideal social en boga, no es posible ir contra éste sin renunciar á la victoria; amable con la mujer, á quien no detesta como á instrumento de pecado, según la teología medioeval, sino que la aprovecha como precioso elemento de dominación; suave con el poder temporal, á cuyo creciente poderío cede; deferente con las aspiraciones populares, que sintetizadas en la instrucción barata ó gratuita, él cultiva hoy para dirigirlas mañana, convirtiéndose, al efecto, en profesor; fiando por último poco ó nada en el milagro, y todo en el esfuerzo inteligente, en la perseverancia, en la habilidad, nada puede objetársele por el lado de la lógica humana. Sus dos obras maestras—los «Ejercicios» y la «Mónita»—son una cartilla política y un tratado de psicología experimental.

Su deficiencia filosófica estaba en el ideal teocrático, al que se dirigía por otros caminos, pero sin modificarlo un ápice; su falla moral y su inferioridad social, consecutivas del defecto anterior, consistieron en la astucia con que se apoderó de los espíritus por cualquier medio, para hacerlos servir á su fin, y en el carácter conquistador, común á todas las instituciones españolas, que su orden revistió. Fué el rasgo nacional de ésta, por más que en su aparición y desarrollo influyeran, como ha podido verlo el lector, los factores enunciados.

Del propio modo que el rezago de aventureros medievales, encontró en España su ambiente natural, acarreándole como en tributo la más tremenda soldadesca de la Europa, los aventureros religiosos, que eran una variante del mismo tipo, engrosaron á porfía las falanges de la nueva institución, cuyo carácter prometía la permanencia del antiguo ideal en las nuevas formas á las cuales se adaptaba. El conquistador religioso reemplazó al militar tan fielmente, que hasta fueron suyos los nuevos descubrimientos en las tierras por cuyos ámbitos lo esparcía su celo; y como por su carácter unía el espíritu militar al prestigio religioso, en el cual residía el éxito del Imperio Cristiano, que fué desde entonces el ideal supremo de la monarquía española, ésta lo hizo su predilecto. Como teocracia, encontraba en él su elemento de acción por excelencia.

En la bula Unam Sanctam, que para los absolutistas era naturalmente dogmática, Bonifacio VIII había sostenido que las dos espadas, la temporal y la espiritual, pertenecían á la Iglesia: una en poder del Papa, y la otra en el del soldado, pero sujeto éste al sacerdote: in manu militis, verum ad nutum sacerdotis. Y los jesuítas alimentaban este ideal.

Luego, el desencanto producido por la decadencia de la gloria patria, y por la corrupción que asumía tan repugnantes formas, llevó á la corriente religiosa los mejores espíritus, aumentando, si aún lo necesitaba, el lustre de la nueva institución, con cuyo predominio aseguraba la Península su permanencia en la Edad Media.

Esta había concluido de hecho con el último desafío foral, que Carlos V presidiera en Valladolid; pero su espíritu seguiría incólume hasta hoy en el pueblo. El contacto íntimo de la nación con el soberano, al extinguirse el poder feudal, dando por fruto una exageración de militarismo, estableció las relaciones entre súbdito y monarca, sobre la base de una patriótica fidelidad. La monarquía hizo de esto su fuerza, erigiendo á la lealtad en virtud suprema y cultivándola profundamente, puesto que á su sombra se perpetuaba el privilegio, y las instituciones asumían, sin esperanza de cambio, la absoluta y anhelada inmovilidad.

La religión, única influencia íntima en el alma popular, fomentó aquella virtud, bajo la forma de respeto místico que la acercaba al culto, inmóvil también en su afirmación de eternidad; y esto sucedía precisamente cuando el mundo entero empezaba la evolución industrial, que había de producir la democracia en política y el positivismo en filosofía, formas flexibles por excelencia, es decir de adaptación constante á sus medios.

El ideal español procedía á la inversa, pues residiendo para él en la religión y en la monarquía la perfección absoluta, que les aseguraba por de contado la eternidad, era el medio lo que debía adaptarse á ellas. La existencia de aquel pueblo quedó establecida sobre esa transgresión de una ley natural, y todo su esfuerzo había de consagrarse en lo sucesivo á mantener semejante situación.

Nada lo acobardaría, ni siquiera el espectáculo de ese derrumbe vertiginoso, que un siglo después del gigantesco Carlos V, iba á desenlazarse, conservando el estigma atávico, en la elegante degeneración de Felipe IV—aquel dandy de la catástrofe, que veía arruinarse su imperio entre comedias, amores de bambalinas y disputas teológicas sobre la Inmaculada Concepción.

El estado anormal quedaba erigido en la ley eterna; y ese ideal absurdo, que el pueblo acogió con candorosa altivez, imposibilitaba para siempre todo progreso, á despecho de cualquier éxito material.