La ausencia de sal y de calcáreo, que en Córdoba coexisten con las areniscas rojas del extremo boreal de su sierra, y en los Andes con los basaltos del Neuquén, puede que se haya debido en parte—pues nunca fué abundante de seguro,—á la levigación, fácilmente ejecutada por las lluvias en suelo tan permeable, pareciéndome igualmente claro que á esta causa obedezca también su pobreza fosilífera.
Salvo algunas impresiones en las areniscas, los fósiles propiamente dichos son tan escasos, que puede considerárselos ausentes. La falta de calcáreo y de sal, explica esto en buena parte; pero como ella resultaría á su vez de la permeabilidad del suelo, y de las lluvias excesivas, en estas causas queda comprendido todo.
Á esa inmensa fertilidad, se agregaba lo riente del paisaje en el centro del futuro Imperio Jesuítico. El derrame basáltico, dió al suelo un aspecto generalmente ondulado por oteros y lomas que se alzan á montañas, pero nunca imponentes ni enormes, desde que su mayor altitud alcanza en lo que fué el límite N. E. de aquél, á 750 metros.
El triángulo formado por la laguna Iberá y los ríos Uruguay, Miriñay y Paraná, es decir el actual territorio de Misiones, hasta el paralelo 26°, fué el centro del Imperio, y su aspecto da en conjunto la característica de la región.
Cruzado por la Sierra del Imán, casi paralela á los dos grandes ríos cuyas aguas divide, formaba un término medio entre la gran selva y las praderas, contando además con la montaña y con la vasta zona lacustre de la misteriosa Iberá, vale decir con todas las condiciones necesarias para una múltiple explotación industrial.
Del propio modo que en las comarcas del Brasil y del Paraguay, situadas á igual latitud, el bosque no es continuo en la región misionera. La gran selva se inicia con manchones redondos, que tienen ya toda su espesura; pero faltan todavía algunas plantas más peculiares, como los pinos y la hierba, cuya aparición señala el comienzo de los bosques continuos. Éstos, como en las dos naciones antedichas, están formados por los mismos individuos; pero en la región argentina, más broceada por la explotación industrial, no son ahora tan lozanos.
Generalmente circulares, fuera de los sotos, donde como es natural, serpentean con el cauce, su espesura se presenta igual desde la entrada. No hay matorrales ni plantas aisladas que indiquen una progresiva dispersión. Desde la vera al fondo, la misma profusión de almácigo; el mismo obstáculo casi insuperable al acceso; la misma serenidad mórbida de invernáculo.
Su silencio impresiona desde luego, tanto como su despoblación; los mismos pájaros huyen de su centro, donde no hay campo para la vista ni para las alas. Nunca el viento, muy escaso por otra parte en la región, conmueve su espesura. Los herbívoros se arriesgan pocas veces en ella, y tampoco la frecuentan entonces los felinos. Algún carnicero necesitado, ó aventurero marsupial, como el coatí y la comadreja, afrontan, trepando al acecho por los árboles, tan difícil vegetación, en busca de tal cual rata ó murciélago durmiente; pero aun esto mismo acontece rara vez. Los árboles necesitan estirarse mucho para alcanzar la luz entre aquella densidad, resultando así esbeltamente desproporcionados entre su altura y su grueso.
Los escasos claros, redondeados por la expansión helicoidal de los ciclones, ó las sendas que cruzan el bosque, permiten distinguir sus detalles. Admirables parásitas, exhiben en la bifurcación de los troncos, cual si buscaran el contraste con su rugosa leña, elegancias de jardín y frescuras de legumbre. Las orquídeas sorprenden aquí y allá, con el capricho enteramente artificial de sus colores; la preciosa «aljaba» es abundantísima, por ejemplo. Líquenes profusos, envuelven los troncos en su lana verdácea. Las enredaderas cuelgan en desorden como los cables de un navío desarbolado, formando hamacas y trapecios á la azogada versatilidad de los monos; pues todo es entrar libremente el sol en la maraña, y poblarse ésta de salvajes habitantes.
Abundan entonces los frutos, y en su busca vienen á rondar al pie de los árboles, el pecarí porcino, la avizora paca, el agutí, de carne negra y sabrosa, el tatú bajo su coraza invulnerable; y como ellos son cebo á su vez, acuden sobre su rastro el puma, el gato montés elegante y pintoresco, el aguará en piel de lobo, cuando no el jaguar, que á todos ahuyenta con su sanguinaria tiranía.