Bandadas de loros policromos y estridentes, se abaten sobre algún naranjo extraviado entre la inculta arboleda; soberbios colibríes zumban sobre los azahares, que á porfía compiten con los frutos maduros; jilgueros y cardenales, cantan por allá cerca; algún tucán precipita su oblicuo vuelo, alto el pico enorme en que resplandece el anaranjado más bello; el negro yacutoro muge, inflando su garganta que adorna roja guirindola, y en la espesura amada de las tórtolas, lanza el pájaro-campana su sonoro tañido.
Haya en las cercanías un arroyo, y no faltarán los capivaras, las nutrias, el tapir que al menor amago se dispara como una bala de cañón por entre los matorrales, hasta azotarse en la onda salvadora; el venado, nadador esbelto. Cloqueará con carcajada metálica, la chuña anunciadora de tormentas; silbarán en los descampados las perdices, y más de un yacaré soñoliento y glotón, sentará sus reales en el próximo estero.
En el suelo fangoso brotarán los helechos, cuyas elegantes palmas alcanzan metro y medio de desarrollo, ora alzándose de la tierra, ora encorvándose al extremo de su tronco arborescente, con una simetría de quitasol. Tréboles enormes multiplicarán sus florecillas de lila delicado; y la ortiga gigante, cuyas fibras dan seda, alzará hasta cinco metros su espinoso tallo, que arroja á la punción un chorro de agua fresca.
Por los faldeos y cimas, la vegetación arbórea alcanza su plenitud en los cedros, urundayes y timbós gigantescos. El follaje es de una frescura deliciosa, sobre todo en las riberas, donde forma un verdadero muro de altura uniforme y verdor sombrío, que acentúa su aspecto de seto hortense, sobre el cual destacan las tacuaras su panoja, en penachos de felpa amarillenta que alcanzan ocho metros de elevación; descollando por su elegancia, entre todos esos árboles ya tan bellos, el más peculiar de la región—la planta de la hierba, semejante á un altivo jazminero.
Reina un verdor eterno en esas arboledas, y sólo se conoce en ellas el cambio de estación, cuando, al entrar la primavera, se ve surgir sobre sus copas la más eminente de algún lapacho, rugoso gigante que no desdeña florecer en rosa, como un duraznero, arrojando aquella nota tierna sobre la tenebrosa esmeralda de la fronda.
Nada más ameno que esos trozos de selva, destacándose con decorativa singularidad sobre el almagre del suelo. Sus meandros parecen caprichos de jardinería, que encierran entre glorietas verdaderas pelouses. Los pastos duros de la región, fingen á la distancia peinados céspedes; y el paisaje sugiere á porfía, correcciones de horticultura.
Las palmeras—sobre todo el precioso pindó, de hojas azucaradas como las del maíz,—ponen, si acaso, una nota exótica en el conjunto, al lanzar con gallardía, me atrevo á decir jónica, sus tallos blanquizcos á manera de cimbrantes cucañas; pero nada agregan de salvaje, nada siquiera de abrumador á la circunstante grandeza. Ésta se conserva elegante sobre todo, y los palmares que comienzan cada uno de esos bosques, dan con su columnata la impresión de un pronaos ante la bóveda forestal.
Serrezuelas entre las cuales corren ahocinados arroyos clarísimos, que acaudalan con violencia á cada paso las lluvias, figuran en el paisaje como un verdadero adorno formado por enormes ramilletes. Los pantanos nada tienen de inmundo, antes parecen floreros en su excesivo verdor palustre. Los naranjos, que se han ensilvecido en las ruinas, prodigan su balsámico tributo de frutas y flores, todo en uno. El más insignificante manantial posee su marco de bambúes; y la fauna, aun con sus fieras, verdaderas miniaturas de las temibles bestias del viejo mundo, contribuye á la impresión de inocencia paradisíaca que inspira ese privilegiado país.
Reptiles numerosos, pero mansos, causan daño apenas; los insectos no incomodan, sino en el corazón del bosque; hasta las abejas carecen de aguijón, y no oponen obstáculo alguno al hombre que las despoja, ó al hirsuto tamandúa que las devora con su miel.
Las mismas tacuaras ofrecen en sus nudos un regalo al hombre de la selva, con las crasas larvas del tambú, análogas, si no idénticas en mi opinión, á las del ciervo volador, que Lúculo cataba goloso.