El clima, salubre á pesar de su humedad extraordinaria, presenta como único inconveniente un poco de paludismo en las tierras muy bajas. La escarcha de algunas noches invernales, no causa frío sino hasta que sale el sol, y el promedio de la temperatura viene á dar una primavera algo ardiente. Viento apenas hay, fuera de las turbonadas en la selva. Neblinas que son diarias durante el invierno, envuelven en su tibio algodón á las perezosas mañanas. Ahogan los ruidos, amenguan la actividad, retardan el día, y su acción enervante debe influir no poco en la indolencia característica de aquella gente subtropical.
Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. El cielo se glorifica profundamente; verdean los collados; silban las perdices en las cañadas; y por el ambiente, de una suavidad quizá excesiva, como verdadero símbolo de aquella imprevisora esplendidez, el morpho Menelaus, la gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil, joyando al sol familiar sus cerúleas alas.
Á la tarde, el espectáculo solar es magnífico, sobre los grandes ríos especialmente, pues dentro el bosque la noche sobreviene brusca, apenas disminuye la luz. En las aguas, cuyo cauce despeja el horizonte, el crepúsculo subtropical despliega toda su maravilla.
Primero es una faja amarilla de hiel al Oeste, correspondiendo con ella por la parte opuesta una zona baja de intenso azul eléctrico, que se degrada hacia el cénit en lila viejo y sucesivamente en rosa, amoratándose por último sobre una vasta extensión, donde boga la luna.
Luego este viso va borrándose, mientras surge en el ocaso una horizontal claridad de anaranjado ardiente, que asciende al oro claro y al verde luz, neutralizado en una tenuidad de blancura deslumbradora.
Como un vaho sutilísimo embebe á aquel matiz un rubor de cutis, enfriado pronto en lila donde nace tal cual estrella; pero todo tan claro, que su reflexión adquiere el brillo de un colosal arco-iris sobre la lejanía inmensa del río. Éste, negro á la parte opuesta, negro de plomo oxidado entre los bosques profundos que le forman una orla de tinta china, rueda frente al espectador densas franjas de un rosa lóbrego.
Un silencio magnífico profundiza el éxtasis celeste. Quizá llegue de la ruina próxima, en un soplo imperceptible, el aroma de los azahares. Tal vez una piragua se destaque de la ribera asaz sombría, engendrando una nueva onda rosa, y haciendo blanquear, como una garza á flor de agua, la camisa de su remero...
El crepúsculo, radioso como una aurora, tarda en decrecer; y cuando la noche empieza por último á definirse, un nuevo espectáculo embellece el firmamento. Sobre la línea del horizonte, el lucero, tamaño como una toronja, ha aparecido, palpitando entre reflejos azules y rojos, á modo de una linterna bicolor que el viento agita. Su irradiación proyecta verdaderas llamas, que describen sobre el agua una clara estela, á pesar de la luna, y la primera impresión es casi de miedo en presencia de tan enorme diamante.
Dije ya que aquellas tierras se prestan á todas las producciones. Hay, sin embargo, algunas singularidades debidas á la constitución geológica. Falta desde luego la tierra vegetal, el humus, que sólo se encuentra en fajas de sesenta metros, término medio, á las orillas de los arroyos, y en limitadas áreas bajo los bosques, como si su formación fuera difícil, ora por la evolución laboriosa de la arcilla, ora por ser muy nuevos los terrenos. Así, las Misiones propiamente dichas, se prestan poco á la cría de ganados. Las praderas no producen durante el invierno más que pastos muy duros—espartillo casi en su totalidad,—y el bosque es más escaso todavía. Los ganados enflaquecen horriblemente y sucumben en grandes cantidades; pues el recurso de darles á comer ciertas palmeras y bambúes, es demasiado costoso para dehesas un tanto crecidas. Durante el verano, las cosas andan poco mejor, no existiendo en realidad otro forraje natural que la gramilla de los terrenos pantanosos, con su precario rendimiento. Sólo el maíz, que da casi siempre dos cosechas, y algunas veces tres por año, podría compensar tal escasez, como elemento de ceba; pero queda otro inconveniente más grave aún; quiero referirme á la falta de sal, que no existe sino en pequeños ribazos de terreno vagamente salitroso, preferidos por los animales del bosque, aunque de todo punto insuficientes para grandes rebaños. La sarna, la tuberculosis y las afecciones intestinales, causan estragos al faltar ese elemento, impidiendo casi del todo la cría en grande escala.
Entiendo que en los esteros del río Corrientes se ha hecho alguna vez con éxito la tentativa de obtenerlo, evaporando las aguas palustres; y es sabido que aquéllos son campos de pastoreo; mas no sé que esto haya pasado, ni con mucho, á una explotación regular.