Fuera de ese inconveniente, nada pone obstáculos á una vasta prosperidad.

Abundan las ricas maderas, de tal modo, que el cedro reemplaza al pino en la carpintería ordinaria. Los jesuítas habían cultivado con éxito el arroz, pudiendo verse aún en ciertos terrenos bajos, durante las sequías, vestigios de sus rastrojos. El trigo, que ahora no figura entre los ramos de producción, bastaba entonces para la harina de consumo. El algodón, el cacao y el añil, producían buenos rendimientos y las viñas dieron regulares cosechas de vino.

La caña de azúcar, echa tallos macizos hasta de cinco metros de longitud y grueso extraordinario; el tabaco brota pródigo, y ya he hablado del maíz. Los naranjos se han transportado de las antiguas reducciones al bosque, y donde quiera que los indios llevaban provisión de sus frutos: las canteras, puestos de pastoreo y plantíos de hierba-mate. Por fin, estos últimos constituyen una riqueza peculiar, que será enorme, cuando se vuelva al cultivo hortense cuyo éxito demostraron los jesuítas.[44]

Sobra en el reino mineral la piedra de construcción, representada por la tacurú y los asperones. El hierro se presenta con profusión, y existe algún cobre que los jesuítas laborearon. No tengo, respecto al plomo, otro dato que haber hallado en el pueblo de Concepción una bala de falconete, puesta ahora en el Museo histórico; pero ella pudo pertenecer al ejército lusitano-español que reprimió la insurrección de 1751. Las minas de metales preciosos, cuyo secreto se atribuye á los jesuítas, no han pasado de un sueño, lo propio que los criaderos diamantíferos. Uno que otro topacio, tal cual cornalina y amatista, es todo. Los cuarzos cristalinos, muy interesantes, han inspirado quizá la leyenda adamantina.

La falta de cal ya mencionada, dió margen también á muchas conjeturas. Como los templos jesuíticos estaban blanqueados, el campo de la suposición quedaba abierto al fallar enteramente las canteras.

Se afirmó entonces que los padres habían empleado la tabatinga, ocre blanquizco que abunda en el Brasil; pero esto es inadmisible, porque los vestigios de reboque y las argamasas que traban aún algunas paredes, revelan la existencia de la cal. Lo que hubo, quizá, fué algún rancho de las reducciones blanqueado con el singular producto.

Fundados en la célebre «Memoria» de Doblas, algunos han repetido con éste que la cal se extraía de los caracoles blancos, no muy numerosos por cierto en el territorio, y después de todo insuficientes;[45] pero puede existir en esta explicación de apariencia tan nimia, un fondo de verdad, si se considera que en la costa brasileña del Uruguay, frente á Garruchos, existe un banco de conchas fósiles, el cual presenta señales de explotación. Quedaba en territorio jesuítico, y á corta distancia de la reducción de San Nicolás.

Otros han pretendido que el artículo en cuestión, iría de Buenos Aires como elemento de ornato, y creo que algo de esto pudo haber; pero su profusión, sobre todo en los templos de fecha más reciente, me ha hecho pensar en canteras allá mismo explotadas. Hay un dato que revela su probabilidad. En el «Diario» del reconocimiento, que el Virrey mandó ejecutar en 1790 sobre la costa occidental del río Paraguay, su autor, el piloto Ignacio Pasos, afirma que por la mencionada margen, á los 19° 55' y junto al paraje llamado Presidio de Coimbra, había «mucha piedra de cal». Lo análogo de esta región con la misionera, refuerza el indicio; y como nadie ha practicado una exploración de todos los puntos que ocuparon los jesuítas, puede que la supuesta cantera permanezca oculta. El hecho de que el bosque haya cubierto los puntos donde el suelo fué removido, explicaría, por otra parte, la ocultación.

Pero ya insistiré mejor sobre estos detalles en el capítulo descriptivo de las ruinas.

El suelo igual y la selva uniforme, en unión de un clima que lo es más aún por su carácter tropical, engendraron la unidad de raza en el habitante.