Sea cualquiera la opinión de ciertos etnólogos fantásticos, creo que lo más sensato es agrupar á las tribus, dispersas en el ámbito de la gran selva, bajo el nombre genérico de «raza guaraní».

Eran comunes entre ellas, costumbres tan particulares como la del bezote, que desde el Plata al Mar Caribe usaron los guerreros indios, embutiéndose al efecto en el labio inferior cuñitas de madera ó cristales de cuarzo. La ceremonia de cortarse una falange de los dedos, por cada pariente que fallecía, alcanzó la misma extensión, así como el infanticidio del hijo adulterino, que la madre ejecutaba acto continuo de su parto. Un mismo carácter predominaba en su tatuaje, su alfarería y sus armas. El entierro de los muertos, con la cabeza sobresaliendo del suelo y cubierta por un tazón de barro, es otra peculiaridad igualmente difundida; sucediendo lo mismo con la original circunstancia cosmogónica de considerar macho á la luna y hembra al sol.[46] El idioma muy vocalizado y con predominio de palabras agudas, como una vasta onomatopeya selvática, concluye de establecer el parecido; y ello es tanto más notable, cuanto que todos los indios, cualquiera que sea su tribu, se comprenden fácilmente entre sí.

Componían probablemente los restos de una gran raza guerrera en disolución, esparcidos por la selva con dirección al Oriente; existiendo vestigios de una emigración poco anterior á la conquista, que habría ascendido hacia el Norte en dos ramas, provinientes de la selva subtropical, bifurcándose por el litoral atlántico y por el centro del Continente.

Ese movimiento, uno de los tantos que efectuarían periódicamente y con la mayor facilidad aquellas tribus nómades, á causa de las pestes, de extraordinarias sequías que ocasionaban el hambre, ó por hábito resultante de su estado social, puso en contacto á la segunda de las ramas supuestas, con la vanguardia incásica que bajaba en sentido inverso, desprendiendo sus falanges conquistadoras por ambas vertientes de la cordillera originaria.

No obstante la divergencia entre la civilización decadente de los hombres del bosque, y el auge colonizador del imperio quichua, el contacto produjo la comunidad de algunas tradiciones y costumbres, que es de suponer impuestas por el elemento superior—como la decoración de las alfarerías y la momificación; bien que ésta fuera entre los guaraníes, una simple desecación á fuego lento. La prueba es que la barbarie selvática disminuía mucho al Norte, en las regiones de la actual Venezuela y del Ecuador, donde la relación con los Incas de Quito sería casi regular, dado que éstos se encontraban allá en su centro más civilizado y de influencia mayor por consiguiente.

La población del bosque, se tornaba más salvaje así que descendía al centro y al Sur del Continente, donde sólo tuvo algún contacto accidental por el Chaco con el quichua civilizador; pero una y otra raza conservaron su característica emigratoria. Aquélla, siempre dentro del bosque familiar; ésta, sin desprenderse de la montaña, que la lleva como naturalmente en su transcurso austral, con el encadenamiento de sus valles.

Es todo cuanto queda de ese gran acontecimiento procolombiano, que tantas cosas habría podido dilucidar, á ser conocido en detalle; pero los cronistas españoles, si se exceptúa quizá á Sahagún, y éste para los aztecas, llevaban á sus narraciones los modales del instrumento curial. Predominaba en ellas la lógica sobre la verdad. Demasiado retóricos para ser sinceros, todo lo habían de ajustar á su molde clásico, que para colmo solía venir de contrabando, y así resulta raro el detalle típico entre su fárrago indigesto. Después de mucho andar, encuentra uno que no ha adelantado casi nada.

Como muestra entre cien, basta el P. Guevara, á quien han seguido casi todos los que se ocuparon del indio guaraní y de sus costumbres. No advirtieron, cuando era tan fácil, que su mentada historia es en esa parte una rapsodia del poema de Barco Centenera (y ¡qué poema!) no sólo por el plan idéntico, sino por los detalles que vierte á la letra en su prosa, tan insoportable como las octavas del original. La circunstancia de que acoja por verdades, leyendas tan inocentes como la metamorfosis de las flores del guayacán, transparente adaptación del Fénix á las mariposas americanas; así como que atribuya á restos de gigantes humanos, los huesos fósiles descubiertos por las avenidas—debieron poner sobre aviso á los que, bebiendo en él, no hacían sino copiar de segunda mano.

Queda sólo en pie la pertenencia de las tribus guaraníes á una gran nación, disuelta por la barbarie. Rastros ciertamente vagos, pero no menos significativos, parecían denunciar esa unidad superior, en los grupos centrífugos. El zodíaco les era común, y Alvear cita en su «Relación» algunas ideas astronómicas de los mocovíes, que son ciertamente notables.

Tenían estos indios por su hacedor y numen á las Pleyadas, y por autor de los eclipses á la estrella Sirio, lo cual demuestra observaciones detalladas y la especificación mítica de ciertos astros, que para mayor curiosidad, han tenido aplicaciones análogas en muy distintos pueblos. El carácter cosmogenésico de las Pleyadas es bien singular, si se considera que para algunos astrónomos modernos, en dichas estrellas se halla el centro de nuestro Universo; pero esto no será más que una coincidencia.