El clima ardiente les permitía una desnudez casi total, que apenas interrumpían en algunos, un ponchito terciado al hombro, y un casquete, tejido, así como la prenda anterior, con fibras de palmera. Poníanle á veces plumas á guisa de adorno, y en igual carácter llevaban ajorcas y pulseras trenzadas con el pelo de sus mujeres. He mencionado ya el bezote, generalmente formado por un cristal de cuarzo. Las mujeres agregaban al «traje» descrito, un delantalillo duplicado á veces en taparrabo, y pendientes de semillas ó conchas. Los actuales indios cainhuá del Paraguay, conservan muchas de estas peculiaridades.

La indumentaria de guerra era un poco más complicada. Una corona de cuero, ornada de vistosas plumas, reemplazaba al casquete descrito; pinturas trazadas con tabatinga y almagre, cubrían el cuerpo del guerrero, imitando pieles flavas de anta ó de jaguar; y rodeaban su garganta sonoros collares de uñas ó dientes bravíos. Las pinturas, eran como quien dice el traje de parada, pero existía el tatuaje en ambos sexos, á modo de distintivo nacional.

Por armas llevaban el arco y las flechas; la macana, á veces incrustada de cuarzos agudos; algunos la honda y pocos el chuzo. Las bolas, ineficaces en la selva, eran un recurso exclusivo de los que habitaban la llanura.

Fieles al cacique, que por lo general elegían sólo en caso de guerra, nunca llegaban sus agrupaciones gregales á formar ejércitos propiamente dichos. Individualmente eran bravos, y más aún sufridos, pues los ritos crueles con que celebraban su entrada en la pubertad y sus actos fúnebres, acostumbrábanlos al dolor.

En cuanto á sus demás costumbres, eran las de todos los salvajes, salvo pequeñas diferencias; de manera que no merecen descripción sus fiestas, borracheras, casamientos, etc.

Los más erraban por el bosque al azar de la caza, de la pesca que era abundante, ó de la colmena, cuyo orificio agrandaban á la torpe machacadura de sus hachas de piedra, hasta poder introducir la mano, que desde niños se les ablandaba con tal objeto en continuo masaje—absorbiendo las heces del panal por medio de esponjosos líquenes. Esos eran naturalmente los más ariscos, y nunca aceptaron la civilización.

Algunos componían grupos sedentarios, que no duraban mucho, estableciéndose en las vecindades de los ríos. Carpían á fuego un trozo de terreno, y con un palo puntiagudo á guisa de arado, abrían, poco después de llover, agujeros donde sembraban maíz, papas, zapallos y mandioca—sistema que todavía se usa en el Paraguay. Nadadores y remeros notables, tripulaban canoas labradas á fuego en los troncos del guabiroba, que les ha dado su nombre genérico, y así embarcados, á veces por días enteros, pescaban y cazaban. Su ardid más civilizado, consistía en usar de señuelo cotorras domésticas para sus cacerías. Sobre éstos gozó de su mayor influencia el jesuíta; pero tanto unos como otros abandonaban difícilmente el bosque, á no ser urgidos por el hambre y durante el menor plazo posible.

La miseria en que se hallaban, dificultó la poligamia á que tendían; siendo generalmente monógamos, salvo los hechiceros y caciques.

Dominados por la más elemental idolatría, esta misma no los preocupaba mucho. Algún árbol sagrado ó serpiente monstruosa, formaban sus fetiches de conjuración contra las borrascas, á las cuales temían en razón de su violencia tropical.

Su inteligencia se manifestaba casi exclusivamente, en hábiles latrocinios y mentiras sin escrúpulo; su condición nómade, habíales quitado el amor á la propiedad y al suelo, careciendo en consecuencia de patriotismo y de economía. Todo su comercio se reducía á cambalachear objetos, lo cual disminuía más aún el amor á la propiedad organizada. Borrachos y golosos, la inseguridad del alimento, inherente á su condición de cazadores exclusivos, desenfrenó su apetito; y careciendo de sociedad estable, les faltó el control necesario para reprimirse. La música, el estrépito mejor dicho, y las decoraciones vistosas, halagaban su carácter infantil. Éste dominaba de tal modo en ellos, que al decir de los jesuítas, comprendían las cosas mejor de vista que al oído: dato precioso para determinar su psicología. Voluptuosos y haraganes, por la influencia del clima y de la selva con su ambiente enervador, no servían para las grandes resistencias. Á su arranque colérico, muy vivaz como en todas las naturalezas indecisas, sucedía una depresión proporcional. La paciencia y el buen trato, bastaban para dominarlos; pero aquella blandura recelaba la inconstancia, considerablemente favorecida por el hábito andariego.