Hijo de esa selva, tan rica que, según Reclus, sus productos bastarían para alimentar á toda la humanidad, era el hombre tropical por excelencia, es decir indolente é imprevisor en su fácil bienestar. Su tipo común acentuaba su unidad de origen; y aquel bosque, en cuya uniformidad ha visto el autor antecitado, la sugestión de una inmensa fraternidad futura para los pueblos de la América meridional, había impreso á su dócil constitución de primitivo, que no tenía ni reacciones atávicas, ni tradiciones, ni fuerza social con qué resistir la morbidez de su perenne verdura.

Se ha hablado mucho de su canibalismo, para pintarlo feroz; pero es menester observar quiénes y cómo hablaron.

No hay desde luego un solo testimonio de que se los viera comer carne humana. El más próximo á esto, es el de los compañeros de Solís que «creyeron ver» en la confusión de la retirada.

Los primeros conquistadores y los misioneros, propalaron sobre todo la especie; pero unos y otros se hallaban harto interesados en glorificar su empresa, para que desperdiciaran detalle tan conmovedor. La ferocidad de los naturales, encarecía el éxito de la conquista.

Algunos autores modernos han pretendido que los indios no eran precisamente caníbales, aunque fueran antropófagos, pues su antropofagía formaba un rito religioso, una verdadera «comunión» en la víctima.

No obstante el cariz visiblemente clerical de la aserción, y lo que hubiera podido servir para demostrar la universalidad de ese cristianismo á la inversa, con que, según los escritores católicos, Satanás anticipó á pesar suyo la Revelación—es curioso que se les escapara á todos los misioneros contemporáneos. En ninguna crónica ni papel de la época, se alude siquiera á la socorrida «comunión»; y eso que los PP. encontraban rastros evangélicos y bíblicos en casi todos los mitos aborígenes.

Queda en pie únicamente el canibalismo, considerado como muestra de ferocidad; pero abundan las pruebas en contrario.

Así el P. Cardiel, en su célebre «Declaración», pinta á los guaraníes como á seres inocentes é inofensivos, y agrega para demostrarlo, que un ejército de 28.000 indios, por ejemplo, vale tanto ó menos que uno de niños, considerando que sus guerras no pueden ser calificadas ni siquiera de estorbo. Á pesar de esto, el P. Lozano los da por guerreros temibles, cuya única ocupación era combatir, y los presenta como antropófagos. Ambas opiniones son á todas luces exageradas, en el primero por las razones que el Capítulo IV dará al lector; en el segundo, para encarecer los méritos de sus hermanos. Pero sea como quiera, lo cierto es que sigue faltando el testimonio ocular.

Nadie «vió».

Es igualmente extraño que ninguno de los indios reducidos, intentara reincidir en una costumbre de extirpación muy difícil, cuando es inveterada, puesto que implica para el caníbal la pasión misma de la gula. Los asesinatos de jesuítas, que trataré á su tiempo, fuera de haber sido escasísimos, y en ningún caso muestras de refinada maldad, no presentan ejemplo de que los indios se comieran á ningún padre. Por el contrario, consta en los panegíricos del doctor Xarque, que los hechiceros indios se oponían á la acción religiosa de los jesuítas, presentándolos ante sus compatriotas como comedores de carne humana; y si atribuían á éstos el canibalismo que á ellos se les achacaba, es obvio suponerlos exentos de él.