Los conquistadores, interesados en propalar lo propio, para acrecer su gloria guerrera y cohonestar á la vez sus crueldades, no dejaron de asegurarlo; pero entre ellos tampoco hubo quien ratificara hechos concretos con su testimonio personal.

Cierto es, por el contrario, que Gaboto dió en Los Patos el año 1526, casi once después de la muerte de Solís, con desertores suyos; debiendo considerarse á los charrúas como miembros de la nación guaraní. Al año siguiente, el marinero Puerto, sobreviviente de aquel desastre, fué hallado sobre la costa del Uruguay por el mismo Gaboto; no obstante lo cual, en la leyenda 7 de su planisferio de 1544, éste afirma que los charrúas devoraron á Solís...

Diego García atribuyó igualmente el canibalismo á los tupíes de San Vicente. La carta de Pedro Ramírez, en lo que se refiere al diario de Gaboto por el Alto Paraná, también habla de la antropofagía guaraní. Schmídel imputa igual costumbre á los carios; pero éstos debían de ser tan poco feroces, que no vacilaron en prestar juramento de fidelidad á Irala, estableciéndose en colonia, y siendo entre todos los indios sojuzgados por dicho conquistador, los únicos que lo hicieron sin oponer resistencia.

Por último, Barco Centenera, para no citar rapsodas, lo afirma también en su fastidiosa crónica rimada (¡10.752 versos!); pero ella no es sino un tejido de leyendas pedantes y patrañas ridículas, tomadas por historia á falta de otra, y á causa de haber sido testigo presencial el autor. Esto ha bastado con harta frecuencia para dar por buenos los papeles de la conquista, citándolos al montón, sin asomo de crítica. Tal sucede entre otros, con este autor.

Al honesto arcediano le salían sirenas en los esteros (canto XIII), sus indias se llamaban Liropeyas; daba asimismo como cierta la leyenda de la tremebunda serpiente curiyú (canto III); y si las crueldades de los salvajes le inspiran (canto XV) horrendos detalles sobre empalados y sepultados vivos, en las dos estrofas siguientes (la 36.ª y 37.ª) narra la manera cómo se salvó de sus garras un religioso franciscano, con tal milagrería de pacotilla, que aquello sobra para desautorizar su pretendida veracidad. Pero basta con transcribir la estrofa en que explica el canibalismo precisamente, (canto I) para ver hasta qué punto aquella inocente pedantería falsificaba todo detalle natural:

Que si mirar aquesto bien queremos,
Caribe dice, y suena sepultura
De carne: que en latín caro sabemos
Que carne significa en la lectura.
Y en lengua guaraní decir podemos
Ibi, que significa compostura
De tierra, do se encierra carne humana.
Caribe es esta gente tan tirana.

El logogrifo, como se ve, no tiene precio; y ese híbrido de latín y guaraní (!) resulta sencillamente impagable. ¡Hace ochenta años que nuestros historiadores y literatos nos recomiendan, sin leerlo por de contado, tan bárbaro adefesio!

Á pesar de todo, los mismos que trataban de caníbal y salvaje al guaraní, sostuvieron relaciones con él sin mayores inconvenientes. Gaboto, que en su relación lo describe sanguinario y cruel, poco tuvo de qué quejarse á su respecto durante la navegación del Paraná; pues el desastre acaecido á la tripulación del bergantín explorador del Bermejo, debe imputarse á su propia codicia, desde que su tripulación fué persuadida á descender entre los indios, con cebo de plata y oro. Esto demuestra que los tales le conocían el lado flaco, á costa de extorsiones y sevicios con toda seguridad. El episodio romancesco de Lucía Miranda, es una excepción, que cabe, por otra parte, en cualquier raza.

Puede imputarse igualmente á la crueldad conquistadora la catástrofe de la expedición de Mendoza. Los indios se entendieron bien desde el primer momento con los fundadores de Buenos Aires, vendiéndoles las vituallas que necesitaban. Los malos tratos que se les infligió después, ocasionaron la guerra. Baste saber que muchos de esos conquistadores habían pertenecido, así como su jefe, á las hordas del condestable de Borbón; y si por un asunto de salario[47] asaltaron la Ciudad Eterna, violando monjas sobre los altares de las iglesias, con detalles de sadismo espantoso, y pillando con desenfreno tal que horrorizó á la misma Europa de hierro—puede inferirse su conducta entre salvajes desamparados, con toda la exasperación de apetitos que supone en semejantes lobos una larga navegación.

No mostraron los indios menor suavidad ante las empresas terrestres, siendo esto más notable aún por lo directo de su contacto con los expedicionarios. Álvar Núñez, en su larga travesía desde la Cananea á la Asunción, tuvo en ellos una ayuda eficaz, pues le proporcionaron de buen grado víveres y canoas. Igual le sucedió en la expedición para buscar el camino del Perú, con la única excepción de los guararapes.