La influencia española alcanzó á su impulso el máximum de eficacia. Dejó planteada en grande escala ya, la industria de la hierba, que formaría hasta hoy, puede decirse, el principal recurso del país, siendo notable, entre otras explotaciones, la de Mbaracayú en la Guayra. El plantel de ganado mayor y menor, quedaba arrojado en las selvas y praderas como profícua simiente, que á los pocos años ya fué cosecha asombrosa.
Basta, en fin, para apreciar en conjunto la importancia de la conquista laica, saber que desde 1526 hasta 1610, fundaron los conquistadores casi tantos pueblos como los jesuítas en siglo y medio, á pesar de que éstos tuvieron la senda abierta.
Las poblaciones laicas alcanzaron á veintiocho, como dije antes, debiendo agregárseles diez ciudades, de importancia relativamente considerable;[53] mientras los jesuítas, que en los cinco primeros lustros de su apostolado fundaron diecinueve pueblos, no llegaron sino á catorce durante los ciento treinta y tres años medianeros de 1634 á 1767, figurando entre ellos seis, creados con indios de reducciones ya existentes.
Quedaba expedito, además, el camino del Perú; abierta una salida al Océano, que es decir á Europa, por el Marañón; demostrada la posibilidad de comunicarse con el Tucumán á través del Chaco, según lo había probado Diego Pacheco en su travesía de ida y vuelta desde Santiago del Estero á la Asunción; establecido desde 1573 el contacto entre las conquistas peruana y platense, con la fundación simultánea de Córdoba y Santa Fe, y todo esto casi sin sacerdotes, ó á lo menos sin su concurso especial.
Los primeros españoles sólo tuvieron uno. Veinte años después de la conquista, en plena acción expedicionaria y fundadora, apenas había diecisiete, incluso el obispo y canónigos, y treinta años después, veinte por todo.
Facilitaron aquella expansión puramente laica, las tendencias regalistas de la Corona, para quien la Iglesia fué al principio un subalterno, con frecuencia humillado y siempre contenido; pero el auge de los jesuítas, con todas las complicaciones y concurrencias ya enunciadas, engendró la reacción, incorporándolos al país, en tiempo de Hernandarias, como un elemento conquistador.
Su intervención quedó justificada desde luego, por el mal trato creciente que se daba á los naturales. Ya en 1496, Peralonso Niño había llevado á España el primer cargamento de indios esclavos; y es sabido que treinta años después, Diego García envió otro á un comerciante de San Vicente (Brasil) con quien tenía contrata por ochocientos, para ser remitidos á Europa; lo cual demuestra la regularidad del tráfico. Al suspenderse éste, la encomienda lo reemplazó como medida interna. Hernandarias pudo decir con razón á unos indios tomados en 1593, con un cargamento de hierba, que lo mandaba quemar en su presencia, presintiéndolo como causa de su ruina. Desde que empezó por entonces la explotación de los hierbales del actual Paraguay, la extinción de la raza fué problema resuelto.
La conquista no era una colonización, y traía aparejadas para los vencidos todas las consecuencias de la guerra. Poco tenía en qué efectuarse el saqueo, dada la pobreza de los naturales; pero la necesidad de mujer, que tan irritantes desmanes ocasiona en semejantes casos, y mucho más con tales hombres, así como la crueldad exasperada por el eterno chasco del oro, causaron horrorosos vejámenes.
Después del combate de Guarnipitá, que trajo por consecuencia la fundación de la futura capital paraguaya, figuraron en el tributo de guerra impuesto á los indios, siete muchachas para Ayolas y dos para cada uno de sus compañeros, siendo esto la regla general.
Schmídel, actor en lo más recio del drama, y á quien no puede sospechársele exageración, dada la escasa jactancia de sus narraciones, cuenta que en la expedición contra los agaces, todos los pueblos de éstos fueron quemados. La lujuria del conquistador, está visible en la calificación de «hermosísimas y lascivas» que da á las mujeres de los jarayes lo cual demuestra que las frecuentó, así estuviera aquella hermosura muy exagerada, como es probable, por el celibato forzado del narrador. Durante año y medio de expedición, cautivaron, dice, en las tierras de los guapás, doce mil indios; habiendo soldado raso que tenía cincuenta para su servicio. Con exageración y todo, la realidad de la esclavitud no sería menos evidente.