Treinta días duró aquello, pues fueron y volvieron á su través; y si hubo motines, se debieron á la disciplina que intentó imponer el Adelantado para contener las depredaciones. El saqueo y la lujuria componían su pitanza de tigres, que no había podido arrebatarles el Papa mismo.
Así fueron los dominadores del salvaje.
Conforme á cédula real, Irala había empadronado y repartido con perfecta equidad los primeros indios en número de veintiséis mil.
Á este objeto, se los dividía en dos clases. Los yanaconas ó vencidos en guerra, que componían las encomiendas perpetuas; y los mitayos, sometidos voluntariamente ó por capitulación, en cuyas encomiendas sólo trabajaban los varones de dieciocho á cincuenta años. Su tarea anual no debía exceder de dos meses, quedando libres el resto del tiempo, y es difícil concebir nada más humanitario; pero como el gobierno, en el intento de abrir cuanto antes el país, permitía las expediciones particulares contra los indios, y el consiguiente establecimiento de encomiendas yanaconas, que eran naturalmente las más solicitadas—las mitayas quedaron abolidas de hecho.
Su institución fué algo así como la coartada moral del poder; pero dadas las costumbres y el concepto legal predominantes, la excepción se convirtió en regla, acentuando más todavía el carácter de conquista que revistió la ocupación.
Igualmente desusadas quedaron las obligaciones, que la Corona imponía á los encomenderos, en lo relativo al trato de sus indios. En una y otra clase de encomienda, el dueño no podía venderlos ni abandonarlos, aun por razones de enfermedad; estaba asimismo sometido á cuidarlos, alimentarlos, doctrinarlos, darles oficio; y existía además otra prescripción, que comportaba una verdadera garantía del porvenir: tanto los yanaconas como los mitayos, quedaban libres á las dos generaciones, con la sola carga de un módico tributo.
Todo lo concerniente á las relaciones entre el indio y el encomendero, era un sentimentalismo de aplicación imposible; pero aquella manumisión constituía una sabia medida de gobierno, pues prevenía radicalmente el daño de la esclavitud perpetua. De persistirse en ella, nada le habría faltado á la conquista laica para su éxito completo; pero la tendencia improvisadora de una legislación arbitraria y enteramente formal, hizo fracasar el experimento en una crisis de impaciencia. Una expedición desgraciada,[54] bastó para dar por muerto el fruto que iba á lograrse quizá, poniendo en otras manos su cultivo.
Mientras, las provincias de Vera y de la Guayra llevaban ya cincuenta años de régimen encomendero; así es que sus indios iban á entrar en libertad, cuando fueron entregados á los jesuítas.
No creo que aquello hubiera dado mucho de sí, pero el ensayo no se hizo, y queda la duda, existiendo además una circunstancia que tiende á reforzarla.
Como los españoles no trajeron consigo mujeres, su unión poligámica con las indígenas produjo numerosos mestizos, libres según la voluntad real, cabiendo inferir que su contacto con los indios, habría podido ser benéfico para éstos; pero insisto en que sólo se trata de conjeturas.