El hecho establecido es que las encomiendas constituían, á despecho de las leyes, una esclavitud efectiva, considerablemente agravada al aumentar la explotación de los hierbales. Aquella especulación desaforada, que hoy mismo es una tiranía odiosa, abolió toda noción de piedad y hasta de respeto por la vida humana.
La semi-esclavitud del indio venía á redundar en contra suya, pues no habiendo capital invertido en él, su dueño no tenía interés en conservarlo. Trabajaba con bestial exceso, y tan hambriento, que á veces sucumbía de inanición sobre su carga. Á la par seguía cebándose en sus filas la crueldad conquistadora, y su disminución fué tan rápida, que en algunas partes estaba reducido al uno por mil.
Apenas se le concedía carácter de hombre, aunadas la filosofía y la teología para declararlo, además, esclavo de nacimiento. La encomienda, institución feudal que prosperó durante casi toda la Edad Media, arraigaba como planta indígena, sin que nada pudiera contener sus abusos, sobre la raza servil é indefensa y sobre el ánimo del conquistador, más regresivo, si cabe, al revivir sus cualidades de paladín en un medio que imperiosamente las suscitaba.
Su incapacidad productiva y su desdén por el trabajo, volvían más pesada la opresión, desde que él se limitaba á mandar siervos, sin colaborar en sus tareas, residiendo aquí su diferencia substancial con el colono.
Quizá habría bastado para contener sus desmanes, un patronato espiritual de los indios; pero la Corona no sabía conciliar, siendo la intolerancia su característica, y los jesuítas eran demasiado absorbentes para resignarse á una participación. El ensayo de teocracia iba á realizarse, pues, con toda amplitud.
Los primeros religiosos que predicaron el Evangelio á los guaraníes del Paraguay propiamente dicho, fueron los franciscanos Armenta y Lebrón, que Álvar Núñez halló en Santa Catalina en 1541; pero ya antes dije que los sacerdotes no tuvieron influencia sensible durante la conquista laica.
Propiamente considerada, la «conquista espiritual», que así la llamaré adoptando la denominación de uno de sus más célebres autores (el P. Montoya), comenzó al finalizar la expansión descubridora de la otra, empalmando con ella en su concepto substancial.
Los primeros jesuítas que la raza guaraní conoció, llegaron al Brasil en 1549. Desde 1554, este país formó una provincia espiritual; y los PP. empezaron sus fundaciones, internándose rápidamente desde el litoral atlántico hasta las nacientes del Paraná, y elevando á treinta su número. Una de ellas, la de Manizoba, estaba situada en la Guayra misma.
El lector sabe ya que la rápida prosperidad brasileña, puso en guardia al gobierno español, motivando la expedición de Mendoza. No constituían la menor fuente de recelo aquellas reducciones, que empezaban á fundarse en el propio territorio español; pues los PP., lógicos en esto con su política, obedecían á los gobiernos bajo cuya jurisdicción se encontraban, haciéndolos servir por tal manera al interés general de la orden. Esta no conocía patria, teniendo por tanto una superioridad inmensa sobre aquéllos, en cuanto á la unidad de su acción y á la multiplicidad de sus medios.
La evangelización de las tribus guaraníes, que dió su base experimental al proyecto del Imperio futuro, había empezado con método admirable. Las capitanías del Brasil eran otros tantos centros de operaciones, que aspiraban á entenderse naturalmente con los establecidos en el Tucumán; pero necesitaban para esto de un foco intermedio, siendo inaccesible la distancia entre ellos, y el Paraguay se presentaba desde luego. Lo que la conquista procuraba realizar de su parte, acomodándose á las circunstancias creadas por descubrimientos sin plan, los jesuítas concibiéronlo con adoptarlo en el territorio ya poseído.