Creo inútil hablar de mi viaje por el territorio de las Misiones, bastándome decir que no se limitó á la parte argentina; pues temo que el lector vea en mí uno de esos viajeros que hacen del héroe fácil, por la misma razón á la cual debe su prestigio «el mentir de las estrellas».

Aprovecharé, sí, esta coyuntura, para agradecer en mi nombre y en el de mis compañeros de exploración, sus finezas á las personas que durante ella nos auxiliaron.

Ocupa el primer lugar el señor Juan J. Lanusse, gobernador de Misiones y distinguido caballero que me ayudó con toda decisión. El doctor Garmendia, Juez Letrado del Territorio, es también acreedor á mi gratitud; y ella se extiende al señor Rafael Garmendia, administrador de la Aduana; al ingeniero señor F. Fouilland; al Jefe de Policía, señor Olmedo; á los comisarios de San José, Apóstoles y Concepción, señores Silva, Rodríguez y Verón; al señor Gallardo, Juez de Paz de San Carlos; al señor Castelli, administrador de la colonia Apóstoles; al señor Augusto Gorordo, vecino de Concepción; á los señores Noriega y García, comerciantes de Saracura; al señor Caldeira, de Santa María; al señor Baumeister, cónsul argentino en Villa Encarnación (Paraguay); al señor Zarza, Jefe político de Trinidad en el mismo país; á la señorita Báez, maestra de escuela en el mismo punto; al señor Chamorro, vecino de Jesús (Paraguay); al señor Mariano Macaya, comerciante de Santo Tomás, y á los esposos Frèdèric Villemagne, cuidadores de las ruinas de San Ignacio, hospitalarios vecinos cuya generosidad es inolvidable.

En cuanto al territorio de Misiones, constituye, como es sabido, una belleza nacional que no necesita mi recomendación.

Junio de 1903-mayo de 1904.

NOTAS:

[1] Edición de la «Junta de Historia y Numismática Americana», benemérita de los estudiosos entre los cuales humilde y agradecido me cuento.

[2] Dr. D. Joaquín V. González.

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