Grandes constructores de subterráneos fueron los jesuítas en todas partes, y en Córdoba ha llegado á atribuírseles algunos de diez leguas de longitud;[81] pero si esto fué para ocultarse, como parece obvio, en las Misiones donde imperaban absolutos, no lo necesitaron seguramente. Por otra parte, muchas pretendidas catacumbas son viejos acueductos, cuya comunicación está cortada, pero cuya restauración es fácil idear, tanto por su carácter típico cuanto por su arrumbamiento hacia el supuesto manantial, que muy luego se encuentra.

Completaban la edificación pública de las reducciones, el hospital y una casa llamada de las «recogidas», donde se confinaba á las mujeres de vida alegre, á las casadas cuyos maridos estaban ausentes por largo tiempo y á las viudas que pedían recluirse. Esta especie de monasterios laicos, era una previsión contra la ligereza harto marcada de las mujeres guaraníes, á quienes una religión puramente formal no contenía en manera alguna.

Dije ya que la ganadería y los cultivos progresaron mucho en las reducciones.

La vialidad correspondió á este progreso. Un camino directo unía dos puntos extremos del país. Á medida que otras poblaciones nacían por el contorno, aquella arteria se ramificaba, y así la topografía resultó naturalmente de la ocupación. No hay más que comparar ahora, con los vestigios que ese sistema dejó, la colonia cuadriculada de nuestras mensuras oficiales. Excelente para la pampa, en la cual dió espontáneamente una solución, resulta contraproducente una vez transportada al bosque y á la montaña, donde arroyos y eminencias rompen á porfía su regularidad de damero.

Los jesuítas siguieron el método natural que ha dado á la Europa su excelente red. Allá el camino estableció primero una comunicación directa entre castillo y castillo; las poblaciones inmediatas fueron uniéndose á ella por medio de sendas, que también las enlazaban entre sí, hasta completar el sistema sin los inconvenientes de la rigidez geométrica.

Cuando los agricultores queman sus campos en el invierno, aquello revive como un plano colosal en tinta simpática, sobre la tierra misionera. Los caminos reales, que por la blandura del suelo se ahondaban mucho, iban requiriendo nuevas trazas, efectuadas en poco tiempo al paso de las carretas. Cuatro y cinco accidentan paralelamente el suelo, y como las antiguas huellas de los rodados han sido especies de cunetas naturales para las aguas llovedizas, éstas ahondaron los caminos hasta volverlos zanjones, dando las fajas de terreno intermedio, una perfecta ilusión de terraplenes. En Santa María, punto de gran tráfico entonces, son tantos los que desembocan á las ruinas, que parecen líneas de trincheras; pero puede decirse, sin exagerar mucho, que aún están patentes allá las huellas de los rodados.

De estas vías centrales, despréndense en todas direcciones caminos de herradura, los cuales conducen invariablemente á un bosquecillo redondo que oculta una ruina: puesto de estancia ó de chacra, comunicado á su vez por senderos con un manantial cercano.

Esto se repite en toda la extensión del antiguo Imperio, con abundancia relativa que indica una vialidad bastante desarrollada; pues aunque los habitantes se reconcentraron en los pueblos, para resistir mejor á los indios bravos y á los mamelucos, el desarrollo industrial habíalos diseminado bastante cuando se produjo la expulsión.

Hubo entre aquellos caminos, como los abiertos en el espeso de la selva, que llama «picadas» la terminología local, algunos notables. El que puso en comunicación á Santa María con Mártires, y á este punto con Candelaria en la costa del Paraná, fué de ésos.[82]