Hallábanse así mismo en este patio, el depósito común del pueblo, la armería y la escuela. El refectorio tenía un sótano espacioso, muy requerido por el ardor del clima. Caminos subterráneos ponían además en comunicación al convento con el pueblo, sin duda por razones de vigilancia sobre los indios; otro iba á dar á la cripta, que caía bajo las gradas del altar mayor, y en la cual se depositaba los restos de los PP. solamente. Calculaban estos sepulcros para mucho tiempo, pues la de Trinidad (Paraguay) tenía quince, y ya se sabe que sólo había dos PP. por reducción.
En el segundo patio estaban los talleres de diversos oficios, contándose entre éstos, pintores, doradores, escultores, fabricantes de utensilios en cuero y madera y hasta relojeros. Remataba la distribución una quinta que era verdaderamente magnífica, durando hasta hoy sus naranjales.
La pompa de aquellos pueblos estaba en la iglesia, suntuosa y espaciosísima, de tres y cinco naves, variando sus dimensiones entre 70 metros de largo por 20 de ancho (San Luis en el Brasil) y 74 por 27 (Trinidad en Paraguay).[77]
Eran tan ricas, que cuando el general Chagas saqueó los diez pueblos de la margen izquierda del Uruguay en 1817, no obstante haber sido depredadas ya las iglesias por sacristanes y comisionados de la Corona, pudo enviar á Porto Alegre, como botín de guerra 579 ornamentos de plata que dieron un total de 750 kilogramos.[78]
Suntuosa era su decoración, así como la indumentaria de sus imágenes, toda en terciopelo y brocado. Los ornamentos, hasta las campanillas, eran de plata. Las paredes adornadas con vivas pinturas y los retablos profusamente dorados, hacían resplandecer el interior como un cofre de joyas bajo el resplandor cirial de las fiestas. Algunas poseían órganos de madera, construidos allá mismo bajo la dirección de los PP. Los púlpitos y los confesonarios, verdaderamente erizados de adornos que variaban desde los lazos y lambrequines de un plateresco recargadísimo, hasta las más profanas cariátides, entre las cuales contaban faunos y sirenas; la profusión de santos y candelabros completaban aquella impresión de pompa; y un alfarje de artesones riquísimos, revestía la bóveda con su dorado cedro.
Afuera se dejaba desnuda la piedra, con excepción de la cúpula y á veces del frontispicio. Adornaba los muros una profusión de nichos, con imágenes de asperón bastante bien esculpidas. El campanario de madera ó de piedra, cuadrado ó redondo, tenía muchas campanas—nunca menos de seis—fundidas algunas con cobre de la región; un atrio, empedrado con losas de arenisca, daba acceso al templo; el pórtico estaba sostenido por pilares de urunday, que dan idea de los árboles en cuyos troncos fueron labrados. En Mártires queda enhiesto uno de 7.50 ms. y en Trinidad hay dos de 9×0.60 de cara. Una barbacana que reforzaban columnitas abalaustradas, circuía todo el edificio. Los muros eran de tapia en las iglesias más antiguas, como la de San Carlos; de mampostería seca en piedra tacurú, como la de Apóstoles; de lajas y sillares de asperón asentado en barro, como la de San Ignacio; de sillares de asperón, tomadas las junturas con cal, como la de Trinidad; del mismo material asentado en argamasa, como la inconclusa de Jesús; siendo de notar que sólo en estos dos últimos tipos, están descargados por poderosos estribos. Inmediato á ellas se extendía el cementerio, con sus tumbas cubiertas por lápidas de arenisca que llevaban inscripciones en latín ó guaraní. Una cruz de piedra lo coronaba generalmente. Sobre él daban los calabozos, de una solidez aplastadora y muros hasta de 2.50 ms. de espesor, que aislaban enteramente al preso hasta de los rumores mundanos. En una especie de ermita, situada bajo el bosque que circunda las ruinas de San Ignacio, se encontró una barra de grillos remachados, siendo de creer que se trataba de un presidio.[79]
Considero oportuno decir dos palabras á propósito, sobre los subterráneos jesuíticos. Ellos han atizado, junto con las minas y los tesoros ocultos, la fantasía de la región.[80] Ya he dicho el destino que en mi opinión tenían, aunque por allá se asegura una cantidad de cosas espeluznantes. Puede que sirvieran alguna vez de cárcel, mas no creo que se halle gran cosa al explorarlos. Conozco dos: el de Santa María y el de San Javier. Aquél sigue la línea de una ruina que debe de haber sido un salón del convento. Tendrá 12 ms. de longitud, estando obstruido por un derrumbe, y 4 de profundidad. Es un angosto pasadizo subterráneo, revestido de piedra tacurú. El de San Javier tiene todo el aspecto de una bodega. Su entrada está reducida por los derrumbes á un agujero de 0.50 ms. Es de bóveda muy recia, también en piedra tacurú, y mide 6 ms. de largo por 2 de ancho. En sus paredes hay diversos nichos, quizá ocupados en su época por pequeñas imágenes, pues dada su situación me inclino á creer que fuera una especie de sacristía subterránea. Es muy húmedo, pero se respira en él sin dificultad; y la media docena de murciélagos que lo habita, no forma obstáculo alguno. Hasta le da su detallito macabro, que los espíritus románticos pueden apreciar con discreto horror...
Tal vez los PP., tan cuidadosos siempre de conservar en el indígena la idea de poderío, impresionándole á la vez con espectáculos conmovedores, aprovecharían en ciertas ocasiones aquellos pasadizos para mostrarse de súbito en un sitio inesperado, ó para sorprender con su presencia una mala acción que se creía cometer á ocultas, saliendo, por ejemplo, de la cripta mortuoria en medio de la iglesia obscura, como un justiciero espectro. Es, pues, verosímil que mantuvieran secreta la entrada de aquellas obras, proviniendo de esto quizá el cariz misterioso que hasta el presente han conservado.