Otras eran de piedra, nada más que hasta la mitad de los muros, formando una gruesa tapia el resto; muy pocas de arenisca, y éstas sólo en los pueblos de más reciente fundación; bastantes de tapia y de adobe. Los techos, de tejas solidísimas, que en ciertos pueblos se conservan aún á millares, eran de dos aguas, muy rápidas por causa de las lluvias continuas, lo cual exageraba su aspecto de capuchas; y las fachadas de algunas viviendas de las plazas, ostentaban cresterías formadas por medias lunas de piedra. Por lo común el piso era de tierra; pero las principales, así como las celdas de los PP., estaban soladas con baldosas exagonales, muchas enteras todavía, del propio modo que sus almorrefas correspondientes. Casi en ninguna se usaba revoque, con excepción de las que encuadraban la plaza, teniendo éstas, además, por adorno, un florón de alto relieve en el tímpano. La capacidad media era de cinco metros por cinco, y cada cual bastaba á una familia. Pesadas puertas de urunday completaban el edificio. Su interior era muy fresco, así por el gran espesor de las paredes, como por el cañizo que formaba su plafón; pero reinaba en él una suciedad verdaderamente indígena. Excavando en las ruinas, para dar con el piso antiguo, se encuentra, al alcanzar su nivel, los trozos de baldosa todavía cubiertos de hollín y de pringue. El aspecto exterior debía de ser muy pintoresco, por el contraste de los tejados rojos con el verdor metálico del naranjal. Acentuaría esta impresión la aspereza leonada de los muros, con su matiz de cemento antiguo, cuando no el suave rosa del gres, dando cierto carácter grandioso al conjunto la recia fábrica de aquellos edificios. Los muros, atizonados con fuertes machos de urunday, han resistido á todos los azotes, enlazados sus sillares sin desencajarse, por raíces de árboles que vinieron á buscar en sus junturas la tierra negra del mortero. Son ahora robustos ejemplares—higueras silvestres, naranjos y hasta cedros, que se balancean en agreste intrusión sobre ese arrasado salmer ó aquella desequilibrada imposta.
Una poderosa tapia, ó un foso profundo, defendían los recintos, sobre todo aquéllos situados en la costa del Uruguay y más expuestos, por consiguiente, á las incursiones mamelucas.[75] Á veces se combinaba las dos defensas, soliendo ser el foso una continuación de los arroyos entre los cuales estaba situado casi siempre el pueblo, y cuyos inexpugnables sotos componían una trinchera natural.
El lector tiene á la vista un plano de la antigua reducción de San José, cuyas líneas de defensa he reconstruido, considerándolas un caso típico de combinación entre la muralla y la zanja, servida y completada ésta por arroyos de vado muy estrecho.
Las ruinas son un montón informe de tierra, pues en aquel pueblo predominó la tapia; de modo que el plano se limita á calcular su distribución dada el área que abrazan y la capacidad de ciertas habitaciones, vagamente determinadas por la situación de algunos machos enhiestos, sin pretender fijar exactamente otra cosa que la trinchera.
Á distancias variables entre quinientos y dos mil metros del pueblo mismo, estaban los puestos que vigilaban el potrero inmediato; las atalayas situadas con buen artificio; las ermitas en que se recluían los penitentes para sus prácticas, ó adonde iban ciertas procesiones como la de Via-Crucis; las canteras de asperón ó de escoria y una ó dos fuentes para baños y lavaderos.
Manantiales captados con la mayor solidez en pequeñas cisternas de piedra, formaban estas fuentes, cuyo piso empedrado se encuentra á poco de sondearlo, así como sus bordes de piedra labrada. Más adelante hallará el lector la descripción de una.
Preferíase para situar la población una meseta, por razones de salubridad y de vigilancia; y tanto esta posición como las defensas, y la distribución de los edificios que los jesuítas ajustaron extrictamente á la ley,[76] daban á los pueblos esa perfecta igualdad notada por los viajeros en las ciudades chinas; pues de tal modo gobiernan las ideas al mundo, que el espíritu quietista produce los mismos efectos materiales á través del tiempo y del espacio.
El convento, agregado á la iglesia, estaba dividido en dos porciones correspondientes á otros tantos grandes patios. En el primero, vasto rectángulo de 60 ms.×40, regularmente, se hallaban las celdas, de 6 ms.×6, todas blanqueadas y con argollas fijas en los muros para colgar hamacas. El claustro era de una arquería pesada y suntuosa; y sus pilares de 0.20 á 0.40 ms. de cara, tenían hasta 4 ms. de elevación.