Realizada la expulsión, el Gobierno español conservó el comunismo en las reducciones, nombrando empleados civiles para administrarlas y encargando de los asuntos religiosos á las comunidades de San Francisco, Santo Domingo y la Merced; pero estos nuevos apóstoles ignoraban el espíritu de la empresa. El fiasco económico que resultó la expulsión, pues los comisarios reales no hallaron en los conventos tesoros ni cosa semejante, como se creía, fué socialmente mayor en poder de los agentes españoles.
Civiles ó religiosos, éstos no conocían las costumbres del indio, no entendían su lengua, no tenían concepto alguno de esa organización peculiar, y su primer error fué querer civilizar á la europea un medio semi-salvaje. Pero aquello era ya hereditario, y cambiarlo requería tiempo á lo menos. De una perfecta teocracia se pasaba á una sociedad normal, con el único resultado de engendrar en los poderes desunidos una rivalidad perfecta. El civil tomaba por suyo el nuevo estado de cosas; el eclesiástico pretendía la conservación de todo el privilegio; y sus contradicciones, que degeneraron á poco en escandalosas reyertas, hicieron del indio su víctima. El siervo, destinado á pagar todas las culpas de sus amos, sufrió también las consecuencias de aquel desorden. Empequeñecióse el vasto alcance industrial de la empresa, decayendo hasta una sórdida explotación dividida á regañadientes entre misioneros y administradores. El peculado, lacra eterna de la administración española, lo contaminó todo sin consideración, pues siendo aquello de la Corona, resultaba ajeno para unos y otros. Nadie tenía interés en cuidar una obra que no era suya. Ganados y yerbales, explotados sin miramientos, se acababan porque no los reponían; y los indios, sin amor hacia una cosa de la que tampoco eran propietarios, se dejaban llevar por su pasividad característica, impasibles ante la dilapidación.
Indiferentes al halago de la propiedad, por su condición de eternos proletarios, y careciendo del aliciente que implicaba su relativo bienestar bajo el poder anterior, se dispersaron convirtiéndose en agentes de destrucción á su vez, puesto que reingresando á la vida nómade se volvieron salteadores de las propias estancias jesuíticas. Algunos administradores celosos no pudieron contener la ruina, pues ella estribaba en algo mucho más serio que un defecto de administración. Era el cambio de vida lo que había trastornado las bases de la obra, y ésta se desmoronaba sin remedio posible. El sistema jesuítico consistió en una relativa cultura de forma, sobre un fondo de salvajismo real, única situación posible por otra parte, dado que el indio, rota su unidad psico-fisiológica por la civilización, perece en ésta. Los mismos jesuítas experimentaban ya el efecto, al producirse la expulsión, pues como se ha visto en el anterior Capítulo, la población de las reducciones había disminuido; y esto fué tan rápido, que en sólo trece años (1743-56) la falla alcanzó á 46.000 habitantes.
Es que la vida sedentaria y la división del trabajo llevaban irresistiblemente al progreso, no obstante el hábil equilibrio de la organización jesuítica y el aislamiento en que se la mantuvo; y aquello fué perturbando el organismo salvaje, que evolucionaba desparejo en su doble aspecto físico y moral, cambiado el primero por las nuevas condiciones, mientras el segundo permanecía inmóvil en su nueva idolatría, única condición que se le exigió.
Desequilibrado de este modo, el ser no resiste á la civilización, pues lo mismo en los pueblos que en los individuos, lo físico depende substancialmente de lo moral. El lector que ha notado ya el predominio de este concepto en toda mi apreciación histórica, no extrañará que lo particularice para explicar un fenómeno del cual sacaré consecuencias más adelante.
Restos de una raza en decadencia, la servidumbre en que se hallaron aquellos salvajes no hizo sino acelerar la descomposición, y nadie ignora que el hecho más significativo en una raza decaída es la esterilidad. Inadaptables, además, por las ideas, que es el único acomodo fecundo, á una civilización cuyo concepto fundamental no podían entender, pues lo cierto es que sin muchas centurias de evolución no se pasa de la tribu á la vida urbana—carecieron de esa condición para prosperar. Entonces se vió el siguiente fenómeno: la población aumentó al salir de las encomiendas, por reacción sobre un estado asaz peor, y mientras coincidieron las nuevas condiciones de vida con la característica esencial de la situación anterior á la conquista; pero cuando aquéllas empezaron á progresar, llevando lentamente hacia la civilización, vino el descenso. El indio demostró una vez más, que en cuestiones étnicas y sociales, la adaptación al medio es regla invariable.
Por su parte, los administradores civiles atribuían la desorganización que presenciaban, al comunismo, tomando, como sucede siempre á los contemporáneos, la parte por el todo; y es claro que cuanto más cambiaban las instituciones, más precipitaban aquella sociedad á la ruina. Á los diez años de la expulsión, los habitantes habían disminuido en una octava parte; treinta años después en la mitad (de 100 á 50.000) por emigraciones á otros puntos, ó por reincorporación á la vida salvaje, donde en concierto con los no reducidos, se volvieron salteadores, como antes dije. Cuatro años después de la expulsión, los ganados, que excedían de un millón de cabezas al efectuarse ésta, quedaban reducidos á la cuarta parte, siendo los nuevos administradores un activo agente en esta despoblación. La leyenda de tesoros escondidos y derroteros de minas, motivó remociones que resintieron muchos edificios, y que continúan todavía con maravillosa estulticia. Antes dije que en las reducciones no circulaba moneda, de modo que no existieron jamás semejantes caudales. El producto de las explotaciones debía ir directamente desde Buenos Aires á Roma, sin que jamás volviera amonedado á su punto de partida; y en cuanto á los ornamentos, como los PP. tuvieron noticias ciertas de su expulsión un año antes de realizarse ésta, es de suponer que salvarían con tiempo los más valiosos. Las excavaciones no produjeron, pues, otro resultado que acelerar la ruina empezada.
Junto con el siglo XIX comienza una serie de acontecimientos que consumaron la destrucción total.
Ceballos había reconquistado para la Corona española, en 1763, los pueblos cedidos á Portugal por el Tratado de Permuta; pero dicha nación tenía invertido demasiado dinero en ellos, para desperdiciar una ocasión de reconquistarlos. Ésta se presentó treinta y ocho años después. El aventurero Santos Pedroso dió un afortunado golpe de mano sobre la antigua reducción de San Miguel, apoderándose de ella, y dicho acto señaló el comienzo de la reconquista, con gran cortejo de asesinatos y depredaciones, volviendo al dominio portugués la margen oriental del Uruguay que el Brasil conserva todavía.
En 1803, el gobernador Velazco abolió el comunismo en las reducciones, ultimándolas de hecho con esta medida; de modo que al estallar la Revolución de Mayo, no eran ya sino indiadas informes degeneradas en la última miseria. La desgraciada expedición de Belgrano al Paraguay, conmovió un instante su sopor; pero no tuvo sino el mal resultado de entregar á aquel país las establecidas en la orilla izquierda del Paraná, reconociéndole así el dominio total del río.