[97] En Atenas sucedía algo semejante. Los extranjeros no podían habitarla sin permiso de los magistrados y mediante una capitación de doce dracmas (10 fr. 80.)
[98] El P. Lozano en su Historia de las Revoluciones, los llama «diestros en el manejo de las armas, y hechos á jugarlas con gran valor en sitios formales, contra enemigos europeos y arrestados,» etcétera.
[99] Por otra parte, no habían conseguido aún la salida al Océano, única manera de hacer eficaz la separación, como hemos visto al tratar de los comuneros.
[100] Casi 60.000.000 de francos, si se toma por tipo al cruzado de 1750 precisamente, moneda de plata cuyo exergo alusivo decía: In hoc signo vinces, y cuyo valor, considerando las mismas equivalencias mencionadas en otro lugar para el peso español, sería de 2 francos 918. El cruzado de oro, que venía á valer 3 francos 395, no puede servir de base por su escasa circulación en aquella época, si bien no alteraría mucho mi cálculo. La moneda de plata á que me refiero, pesaba 14 gramos 605 y tenía 0.899 de fino.
[101] Y hasta las querellas galantes; pues por lo que respecta á la intervención de Francia, parece que el origen de la expulsión estuvo en el disgusto de la Pompadour con el P. de Sacy, el cual había extremado para la real querida, la moral acomodaticia. Las protestas de la Reina y del Delfín hicieron retroceder al jesuíta, motivando el incidente.
VII
Las ruinas.
El bosque ha tendido su lujo sobre aquella antigua desolación, siendo ahora las ruinas un encanto de la comarca.
Dije ya que el mortero más usual en las construcciones jesuíticas, fué el barro. No era, naturalmente, de la arcilla roja que el lector ya conoce, sino del humus que se recogía en los cercanos manantiales y se empleaba con profusión á causa de su baratura. Abandonados los pueblos, la maleza ha arraigado en aquella tierra propicia, precipitándose sobre ella con un encarnizamiento de asalto. La mugre de las habitaciones, y la costumbre de barrer hacia la calle, abonaron durante más de un siglo el terreno con toda clase de detritus, siendo esto otra causa de la invasión forestal que ha cubierto las ruinas. Aquellos restos de habitaciones sin techo, parecen enormes tiestos donde pulula una maleza inextricable. Unas desbordan de helechos; en otras crecen verdaderos almácigos de naranjos; aquella está llena por el monstruoso raigón de un ombú; de esa otra se lanza por una ventana, cuyo dintel ha desencajado, un añoso timbó; el musgo tiende sobre los sillares vastas felpas, y no hay juntura ó agujero por donde no reviente una raíz.
La selva entierra literalmente aquello, de tal suerte, que puede presagiarse una ruina en razón de su espesura. Internado en ella, el viajero llega abriéndose paso á fuerza de machete hasta alguna antigua pared ó poste aislado, que nada le indican; para orientarse, es indispensable dar con la plaza que sigue formando aún en medio de la maleza un sitio despejado. Está, sin embargo, disminuida, porque el bosque tiende á avanzar hacia su centro; pero su relativa desnudez, prueba que la vegetación ha buscado en efecto el barro negro de las paredes y el suelo abonado por las basuras en las calles. Aquella plaza da la situación del pueblo. Está orientada á rumbo directo, con una leve declinación que no induce en error; y cada uno de sus costados es la base de una manzana de igual superficie. La mayor profusión del naranjal indica la huerta del antiguo convento.