Tipo de columna.
Hollando tejas y rotas baldosas, anda uno por ellos. Eran fuertes piezas, que revelan una vez más la poderosa estructura del conjunto. Miden las primeras 0.45 ms. de largo por 0.35 de ancho y 0.1-1/2 de espesor; las segundas 0.30 si octogonales, 0.40 y 0.45 si de seis lados. Á través del tiempo, sirven de nuevo á los actuales moradores, siendo de pasta superior.
Mencioné ya el carácter igual que tenían todos los pueblos jesuíticos, y que se ve patente en sus ruinas. Adoptado un tipo, debieron conservarlo, pues así lo ordenaba la ley; y respecto al que usaron, vale la pena mencionar el nombre de su inventor, el P. González de Santa Cruz. No hay mucha originalidad que digamos, pues el mencionado sacerdote no era arquitecto, y se atuvo estrictamente á la cuadrícula, tomando como base la manzana española con sus conocidas dimensiones (125 ms.×125); pero el dato histórico tiene su valor evidente en arqueología.
Describiré dos de estas ruinas, las más accesibles desde la capital de Misiones: San Carlos y Apóstoles; no haciéndolo con San Ignacio, que es la más visitada, porque ya existen sobre ella una descripción y un plano del señor Juan Queirel, y tiene además un guardián del Estado. Mi descripción sería una redundancia, sin contar con que los desmontes efectuados últimamente, facilitan por completo el acceso.
San Carlos, como puede verse por su plano respectivo, estaba situada entre las nacientes de los ríos Pindapoy ó San Carlos y Aguapey, y el arroyo del Mojón que desemboca en este último. Su posición era culminante, sobre una meseta de 250 ms. de altura, que divide las aguas de los ríos citados, hacia el Paraná y el Uruguay respectivamente. En días claros, se alcanzaba á ver desde ella la estancia de Santo Tomás, situada veinte kls. al N.O. y la de San Juan treinta y cinco al E. N. E. Lo acertado de su situación, en cuanto á salubridad y topografía, se deduce por contraste con el pueblo actual, cuyos diez ó doce ranchos, diseminados en el fondo de un cañadón anegadizo al S. de las ruinas, se ven á menudo azotados por la difteria y el paludismo. Una serie de lomas, casi todas coronadas por el bosquecillo circular que indica con frecuencia una antigua población, circuye las ruinas, enteramente cubiertas por el bosque al cual se interpola el diseminado naranjal.
El lector debe tener á la vista los dos planos de esta reducción, pues el de conjunto da un tipo de la topografía común á los pueblos jesuíticos, y el detallado otro de la planta urbana solamente.